reflexión de emilio santiago muíño (sobre “chalecos amarillos”, transiciones energéticas, ecofascismos…) que se volvió viral

Emilio Santiago@E_Santiago_MuinActivista ecosocial en @ITRompe. Doctor en Antropología. Director de @MostMedioAmb por compromiso. Mc fracasado y surrealista extemporáneo por vocación.Dec. 06, 2018

 

La revuelta de los chalecos amarillos en Francia es solo el trailer de la peli de la crisis ecosocial que lo va a cambiar todo en las próximas décadas. Algunas reflexiones generales [ABRO HILO LARGO]

Si la extralimitación ecológica tiene un talón de Aquiles son los combustibles líquidos y el sistema de transporte. Nuestras sociedades van a crujir primero por esa costura. Por un lado un hábitat y una economía dispersa y deslocalizada hasta el delirio.

Por otro lado el 95% del transporte hoy depende del petróleo. Y por tanto de un recurso (a) finito y en rendimientos decrecientes (b) contaminantes y (c) responsable del cambio climático. Aunque no se hable tanto, la variable (a) es clave.

De hecho, el problema oficial con el diésel es una cortina de humo respecto al problema real. De los petróleos no convencionales no se refina diésel. Y como el petróleo convencional ya está en declive geológico, el auge de los no convencionales trae problemas de suministro.

La contaminación y el efecto invernadero ya se conocían hace años. Lo que ha cambiado para que se ponga tanto el acento en el diésel ahora es que vamos a horizontes de escasez. Es más complejo, pero lo explica genial @amturiel en este post:  https://bit.ly/2QB98gU 

Ahora bien, los chalecos amarillos dan la razón a @fmarcellesi. Si la transición ecológica no es socialmente justa, no será. Pero ¿qué puede significar esto más allá del eslogan?¿Cómo hacer políticas de transición ecológica serias y justas, ganar elecciones y revalidar gobiernos?

Primera idea clave: aquí hay un cuello de botella técnico muy complejo. Un nudo gordiano que la espada de la voluntad política sólo puede romper con rapidez arriesgándose al desastre. Hay que deshilar fino y con paciencia estratégica aunque no tengamos mucho tiempo.

Este es el cuello de botella: la mayor parte del transporte no se puede electrificar. Ni siquiera el parqué de automóviles privados del mundo se sustituirá al 100% porque no hay reservas minerales que puedan soportarlo (litio y platino). Pero este es el problema “menor”.

“Menor” entrecomillas. Es posible imaginar que lo gestionamos cambiando el uso social del coche y con transporte público. Pero esto es madridcéntrico: en el mundo rural o en áreas metropolitanas extensas de provincia sin infraestructuras de transporte público, es un problemón.

Pero el problema es mucho mayor para el gran transporte de mercancías, maquinaria agrícola, maquinaria pesada de minería, aviación y general todo vehículo cuya relación carga-potencia hace inimaginable, con la tecnología de hoy, su electrificación.

La solución real pasa por una reordenación ecológica del territorio a gran escala, y sin precedentes, que combine transformaciones radicales y muy rápidas en el modelo productivo, en la forma de habitar y el sistema de transporte. Algunas ideas para el debate:

1) Relocalizar la producción y la vida de modo muy intenso. Urbanismo de contención para ciudades vivibles a pie, en bicicleta y transporte público. Repoblación agroecológica de los desiertos demográficos del país y reequilibrio territorial.

2) Ferrocarril como vertebrador del territorio y como sistema fundamental del transporte de mercancías. Esto en España implica dar la vuelta al modelo de la alta velocidad. El tren que necesitamos no es el AVE. Y sufre décadas de abandono. Ah, y navegación a vela más eficiente.

3) Reducir mucho la movilidad privada motorizada (de combustión pero también eléctrica) Priorizar aquella socialmente útil: maquinaria agrícola y pesada; flotas de servicios públicos (transporte, bomberos, ambulancia, policía); sistemas logísticos capilares en entornos dispersos.

4) Reducir drásticamente la aviación, el transporte más insostenible. Esto tendrá graves implicaciones que deben preverse en la industria turística y en el epicentro del modelo de felicidad de la ingeniería social neoliberal (que es precariedad a cambio de un mundo low-cost).

Todas estas medidas son cambios estructurales profundos que requieren 20 años y un Estado capaz de intervenir en la economía con otras herramientas que no sean solo la monetaria y la fiscal. Es decir, requieren algo así como una economía de guerra ecosocialista.

Como no tendremos la varita mágica de la revolución ecosocialista, ¿qué hacemos aquí y ahora? Intentar una estrategia dual. Medidas para aliviar las cargas sobre los de abajo mientras que se emprenden en paralelo reconversiones estructurales hasta donde podamos. Posibilidades:

a) Acompañar la subida de la carga fiscal ecológica con una fuerte subida de la carga fiscal general, y que esta última sea muy progresiva. Lo que no se puede tolerar es el modelo Macron: suben carburantes que son primera necesidad para pobres y bajan los impuestos de patrimonio

b) Se puede poner el énfasis fiscal no solo en los ciudadanos ricos sino en los beneficios de las empresas históricamente responsables. Pero tiene sus riesgos: si las empresas externalizan en los trabajadores sólo se trasladará la injusticia y la conflictividad inherente.

c) Como defiende @fmarcellesi, asegurar que cada euro recaudado por la fiscalidad ecológica se destina a la transición ecológica, especialmente a financiar las medidas de fondo de reordenamiento ecológico del territorio y el sistema de transporte:  https://bit.ly/2Qd98o1 

d) Si a alguien se le ocurre cómo aplicar un impuesto progresivo al consumo de carburante que sea diferencial en función del poder adquisitivo sin generar un infierno burocrático (tarjeta digital?) o un inmenso mercado negro, igual merecería el Nobel ecosocialista del futuro.

Con esto cierro. Ya no estamos en Río 92. El desarrollo sostenible gradual y civilizado se nos escapó y ya no está a nuestro alcance. Hoy no hay forma de que la transición ecológica no genere, en sistemas democráticos, una inmensa fricción social y muchísimas resistencias.

Decir esta verdad es aún electoralmente suicida. Pero también es la única vacuna para que el choque con la realidad de la extralimitación no lo rentabilicen los nuevos fascismos. Necesitamos ensayar un discurso ecosocial sincero y responsable, pero políticamente ilusionante [FIN]

aquí se compiló el hilo

aquí lo abrió Emilio

y aquí el artículo posterior que lo amplió (junto con Héctor Tejero)

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28 de octubre, bolsonaro en brasil: sintético análisis de emilio santiago muíño

[Lo tomamos de Twitter, con leves correcciones:]

“El 28-O fue un día trágico pero previsible. El ecologismo social lleva décadas analizando que los Trumps y los Bolsonaros estaban a las puertas. Urge clarificar el terreno del juego político del siglo XXI. Resumo algunas ideas que publiqué en el libro Petróleo.

El sobrepasamiento en el año 2006 del pico del petróleo convencional (dato de la AIE), el de alta rentabilitad energética, funciona como un fondo de verdad que hace que las problemáticas sociales de los últimos años perfilen sus contornos de modo mucho más nítido.

Desde entonces, aunque la producción nominal de petróleo ha seguido aumentando, la energía neta (energía real útil disponible para la sociedad) ha disminuido. En consecuencia, el crecimiento económico se ha vuelto una empresa cada vez más onerosa y que exige un sacrificio social mayor.

Por supuesto se recorta socialmente porque tras la ofensiva neoliberal los ricos están ganando por goleada la guerra de clases. Pero la crisis no es una estafa: la lucha de clases no opera dentro de una economía sana, sino en una que sufre una especie de enfermad degenerativa.

Con mirada energética (exergética/ termodinámica), el extraño empeño del capitalismo neoliberal en estropear el final de la historia pierde así su aire misterioso. Y figuras como Trump o Bolsonaro se nos revelan como realidades tenebrosas, sí, pero puestas en hora con el reloj de época con bastante precisión.

El pico del petróleo, por cierto, sólo es una de las muchas dimensiones de la extralimitación ecológica en curso: cambio climático, agotamientos de minerales, estrés hídrico, destrucción de biodiversidad… las turbulencias ecosociales del siglo XXI sólo acaban de empezar.

Ante la contracción energética del campo de juego económico y político, y la inestabilidad consecuente, se está imponiendo el “escenario 3”, de competencia regional, que ya describió hace tiempo el Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?page_id=2216

¿Qué es el Escenario 3? Desglobalización, involución democrática y repliegue nacional identitario para incentivar la competencia, y finalmente la guerra, por recursos a los que ya no podemos acceder de forma capitalista convencional (a un ritmo exponencialmente creciente).

Ante la nueva escasez estructural, se responde cerrando filas alrededor de un nosotros nacional que se prepare para responder al “no hay para todos” de modo predatorio: entre matar y empobrecerse (en términos relativos y partiendo de una abundancia enfermiza) se opta por matar.

Claves del proyecto Trump: todo lo que ya sabemos + apurar la copa de la era de los combustibles fósiles hasta las heces (negación del cambio climático, apoyo al fracking con desregulación e incluso previsible nacionalización para producir fuera de la rentabilidad de mercado).

Claves del proyecto Bolsonaro: lo mismo en versión latinoamericana, siendo la Amazonía y no el fracking su salvaje oeste ecológico.

Tras la flor de un día histórica del petróleo barato, ha regresado el asunto Hitler: lo que en el siglo XXI está en juego es el Lebensraum, el espacio vital. Y caben dos grandes respuestas: o arrebatarlo o compartirlo (lo que conlleva necesariamente hacer más pequeña tu demanda sobre él).

Entre las actuales democracias y su degeneración dextropopulista las diferencias son importantes, y hay que impedir cualquier retroceso en derechos. Pero son diferencias de grado, ya que el modo de vida del ciudadano promedio de la OCDE se sustenta en el imperialismo extractivista.

Por desgracia, el debate sobre el fascismo es todavía un debate de fronteras para adentro, que no cuestiona el carácter profundamente fascista de la arquitectura geopolítica global que sustenta los flujos de recursos que hacen posible la normalidad occidental.

Hasta que lucha por la justicia social y la lucha por un justo reparto global del espacio ecológico no sean la misma, lo cual es cualquier cosa menos fácil, la extrema derecha jugará con ventaja: su propuesta se ajustará más al marco de deseos mayoritario.

Reconstruir comunidad y esquemas de pertenencia. Crear una seguridad alternativa al caos neoliberal y a la oferta perversa de orden de la extrema derecha. Sí. Pero no ganaremos sin una revolución antropológica que rompa con la felicidad de consumo y sus expectativas inviables.

Karl Polanyi afirmaba que la diferencia entre fascismo y socialismo no era económica, sino moral y religiosa: el socialismo apuesta por la libertad en estas sociedades industriales complejas y bajo un postulado de unicidad –y por tanto de igualdad- de toda la humanidad.

Marx es también una parada obligatoria para entender la crisis ecológica. No sólo por su gestión de clase, sino también por que la sociedad capitalista posee “estructuralidad económica”. Y sin eso no se entiende nuestro empeño autodestructivo en lo ecológico.

Pero Marx solo no basta, porque (entro otros fallos) asumió una hipótesis de abundancia material ecológicamente refutada. En este artículo intento decirlo mejor:  También en el libro Ecosocialismo descalzo con Jorge Riechmann, Carmen Madorrán y Adrián Almazán.

Por eso la tarea es dual y simultánea. Por un lado la autodefensa de la sociedad frente al mercado: redistribuir riqueza y asegurar el derecho a vidas dignas. Esto es lo mejor que cabe esperar de Podemos y las fuerzas del cambio en el frente institucional.

Por otro lado ganar la guerra (asimétrica) por el sentido de la vida mediante una nueva definición cultural de la riqueza mucho más austera, lenta, sencilla, local: la lujosa pobreza. Sólo así podremos garantizar libertad y seguridad para toda la humanidad en un “mundo lleno” (saturado en términos ecológicos).

Ésta es más bien una carrera de fondo para el ecologismo y el feminismo. Y más allá de los movimientos sociales, para la creatividad social difusa y no organizada políticamente: en la sociabilidad cotidiana, en la cultura, en el arte, incluso en la iniciativa empresarial.

Ellos quieren hacer sus patrias grandes de nuevo. Nosotros y nosotras, patrias generosas que cuiden. Y estas necesitan nuevos eslóganes seductores. Escuché a Jorge Riechmann una vez uno que puede funcionar: menos segundas viviendas, más años sabáticos.”

https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1057752241677967360