escenarios de “crecimiento verde” y poscrecimiento… jaime nieto sintetiza un artículo importante

https://threader.app/thread/1196023582222159873

https://twitter.com/jaimenie/status/1196023582222159873

 

Jaime Nieto@jaimenie

Economista. Investigador en la Universidad de Valladolid. Research Fellow at University of Leeds. Ecological Economics. Todo cambia.

Nov. 17, 2019

Nos han publicado en Energy Policy este artículo en el que describimos el módulo económico de MEDEAS, aplicamos 3 escenarios a la economía mundial y evaluamos el marco de políticas más adecuado para lograr los objetivos del Acuerdo de Paris (AP).
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 https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0301421519306779?via%3Dihub …

Presentamos un modelo macroeconómico basado en la Economía Ecológica: los bienes fondo no se pueden sustituir con capital manufacturado o natural y están sujetos a irreversibilidades. De tal manera, la producción está condicionada a un suministro suficiente de energía.

La otra novedad es que combina análisis Input-Output con Dinámica de Sistemas, aprovechando sus principales potencialidades:

1/ Capacidad de contabilizar los efectos de arrastre directos e indirectos (tanto producción monetaria como utilización de energía) de la demanda final.

2/ Capacidad para captar realimentaciones (feedbacks) y puntos de inflexión determinados en este caso por agotamiento de stocks.

En modelos convencionales la economía afecta al medio ambiente, pero rara vez éste tiene efectos de vuelta en aquel.

La distribución primaria de la renta, el volumen de la demanda final, la estructura productiva (matriz A y Leontief), la intensidad energética (por diferentes fuentes) de cada sector… se tienen en cuenta en este modelo.

Los tres escenarios definidos (muy simplificado):

BAU:

❌Transición energética
❌Cambio socioeconómico estructural

Green Growth (GG):

✅Transición energética
❌Cambio socioeconómico estructural

Post-Growth (PG):

✅Transición energética
✅Cambio socioeconómico estructural

Como se pueden activar y desactivar los límites energéticos, podemos evaluar las consecuencias de considerar que la energía no es un factor limitante de la actividad económica y comparlo con su activación. Como dice un compañero: ¡un análisis de sensibilidad extremo!

¿No crees que la energía sea un factor limitante?

BAU: Desastre climático.
GG: Eficiencia -> Ef.rebote y más crecimiento= trampa de la energía -> ¡crecen las emisiones! Curiosamente, es lo mismo que revela una revisión de los compromisos del AP: las emisiones crecerán.

¿Aplicamos limites en la extracción de recursos no renovables de acuerdo a curvas de Hubbert de la literatura?

BAU y GG emiten menos por colapso y moderación del crecimiento respectivamente. Ni siquiera es suficiente.

Tan sólo PG logra reducciones sugnificativas en emisiones.

Los objetivos de política económica en PG son:

✅Reducción progresiva (planeada) de la demanda.
✅Favorable a rentas del trabajo frente las del capital.
✅Política industrial favoreciendo sectores menos energía-intensivos y reduciendo los más consumidores.

La política industrial, gran olvidada por la polít. económica, se reveló como herramienta fundamental para reducir los requerimientos energéticos de la economía. Para algunas fuentes de energía como los líquidos (petróleo) o sólidos (carbón) explica + de la mitad de su reducción.

En resumen, el artículo a mi juicio habla más de los caminos que seguro que no nos van a reportar los resultados climáticos deseados y apunta algunas claves de por dónde va a ser más probable sujetar a la economía dentro de los límites que la sostenibilidad debería imponer.

Y de que la era del crecimiento económico probablemente esté tocando a su fin como, por otra parte, las propias tendencias ya indican, a pesar de la emergencia de gigantes como China, India o la propia rusa. La energía (y los materiales:  https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2211467X19300926 …) serán su corsé.

 

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tres cartas abiertas tras el 15-m climático: yayo herrero, antonio turiel y adrián almazán

 

TRES CARTAS ABIERTAS tras el 15 M climático

 

https://ctxt.es/es/20190320/Firmas/25096/15-de-marzo-huelga-climatica-extractivismo-green-new-deal-yayo-herrero.htm

 

CARTA A LA COMUNIDAD DE CTXT

Un acto de amor por la vida y con la gente

Y de repente, en las últimas semanas irrumpieron jóvenes y adolescentes para exigir responsabilidades, su derecho al futuro. Salen para denunciar las falsas soluciones: el sacrificio de lo vivo que supone el capitalismo

YAYO HERRERO

 

20 de marzo de 2019

Querida comunidad de CTXT:

Este 15 de marzo ha sido un día muy especial para todas las personas que estamos preocupadas por la situación política y económica y,  a la vez,  somos conscientes de que la crisis ecológica y sobre todo el binomio inseparable que conforman el cambio climático y el declive de energía y materiales están en el núcleo central de esta crisis.

El viernes, la gente más joven abandonó sus institutos y universidades para denunciar que los adultos de la sociedad de la que forman parte han declarado la guerra a la vida y están haciendo inviable su futuro. Jóvenes, adolescentes, niños y niñas han puesto un espejo delante de la sociedad en la que viven. La imagen reflejada parece pintada por Goya. Representa a Saturno devorando a sus propios hijos. A ellos. Por eso salen a la calle.

Nuestra sociedad se autodenomina sociedad del conocimiento pero la economía y la  política que la organizan son analfabetas en el plano ecológico, es decir, en el plano de la vida, y las subjetividades e imaginarios que se crean bajo ellas discurren divorciados de la realidad material.

Se nos ha olvidado que somos una especie viva que obtiene absolutamente todo lo necesario para vivir de ese medio natural. Hemos aprendido a mirar a la naturaleza –y a los cuerpos– desde la exterioridad, la superioridad y la instrumentalidad.

De forma demasiado extendida, existe la creencia de que la biosfera es una especie de máquina previsible y controlable a voluntad por la tecnología, que los ciclos naturales degradados son reparables o que lo materiales agotados son sustituibles por capital.

En apenas dos siglos, y sobre todo en los últimos sesenta años, hemos desmantelado los equilibrios dinámicos de los ecosistemas y esquilmado los bienes naturales imprescindibles para que ese mundo se sostenga.

El cambio climático es una de las consecuencias más incontrolables de una economía que ha funcionado como un sistema digestivo insaciable, que en apenas dos siglos ha devorado energías fósiles que tardaron trescientos millones de años en ser producidas.

Los ecosistemas, abandonados a sus propios mecanismos, suelen ser muy conservadores y su ritmo de evolución es lento. Sin embargo, las transformaciones de origen antropogénico en la naturaleza han sido, y son, intensas y vertiginosas.

La magnitud y velocidad de los cambios actuales en los ecosistemas (pérdida de biodiversidad, extractivismo, proliferación nuclear o bombardeo de productos químicos ajenos a la vida) se unen al cambio climático y están forzando el colapso de la biosfera en su conjunto. Se pone en riesgo la propia existencia de la vida tal y como la conocemos.

Y no es que no lo supiéramos. A comienzos de los años 70 se publicaba el informe del Club de Roma sobre los límites al crecimiento. En él se alertaba sobre la inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos en un planeta que tenía límites físicos. Desde entonces, la comunidad científica ha ido proporcionando información que avisaba de la intensificación del proceso y de las consecuencias potencialmente catastróficas que podía tener. En paralelo, los mercaderes de la duda se ocupaban de alentar y financiar el negacionismo y la estigmatización de los movimientos sociales, personas o pueblos y sociedades que resistían.

Hoy nos encontramos ante un verdadero atolladero. Ese gran almacén y vertedero inagotable que algunos veían en la naturaleza tenía efectivamente límites que ya están sobrepasados y, a pesar de sus promesas y discursos, ni el capital ni la tecnología son capaces de reparar el daño que ellos mismos crearon.

La propia humanidad empuja la dinámica planetaria hacia una nueva situación en la que la vida se hace extremadamente difícil: aumenta la frecuencia y la fuerza de los eventos climáticos extremos; se incrementa la incidencia de los grandes incendios en lugares como Australia, California, Amazonía, Indonesia, Chile, Portugal o España; se está produciendo el crecimiento del nivel de los mares y se espera,  en el caso más favorable, un aumento de unos 40 cm a final del siglo XXI –lo que comportará la desaparición de lugares como el Delta del Ebro, múltiples playas o los estuarios del Guadiana y Guadalquivir–; disminuye la capacidad de producir alimento; hay –y serán más agudos– problemas con el abastecimiento de agua dulce; se manifiestan cambios en las corrientes marinas…

Hasta hace poco, y a pesar de ser un problema de un calado monumental, la profundidad de la crisis ecológica ha permanecido invisibilizada y orillada en el debate social y político. Las repercusión y consecuencias de esta crisis sobre la vida humana, la economía y la política han pasado inadvertidas para la mayoría.

Y de repente, en las últimas semanas irrumpieron jóvenes y adolescentes para exigir responsabilidades, para exigir su derecho al futuro. Con un sentido común y pragmatismo aplastante no han salido a la calle para reclamar proyectos ilusionantes ni amables. Salen para denunciar las falsas soluciones, para denunciar el sacrificio de lo vivo que supone el capitalismo, una verdadera religión civil, que como auguró Polanyi tiene el efecto devastador del peor de los fundamentalismos religiosos.

En los últimos días hemos leído entrevistas a personas muy jóvenes, que hablan de liderazgos compartidos, que resisten al afán mediático de detectar líderes unipersonales; hablan de cambio de sistema y lo pergeñan tejiendo una trenza que se construye con hebras de feminismo, ecologismo y justicia con todas las personas y con otras especies. Con esas hebras que se anudan firmes e inseparables.

Recuerdan en sus pancartas que no hay economía o sociedad sin naturaleza;  que la economía es parte de la biosfera, y no al revés como cree la economía convencional. Señalan en sus discursos que si los cambios se reducen a lo políticamente posible y no a lo que se necesita para resolver los problemas, el futuro será duro, o no será.

La fuerte emergencia de este movimiento ha obligado a incorporar en tiempo récord en muchas agendas electorales la cuestión ecológica.

La cuestión es que el Green New Deal, la transición socioecológica, el Horizonte Verde, el postfosilismo, o la etiqueta que más nos guste, debe apoyarse en cuatro pilares irrenunciables: reducción de la huella ecológica acorde a la biocapacidad de la tierra, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta ajustarse a los umbrales definidos en la Cumbre de París, la equidad como criterio rector de la reconversión y la democracia basada en la ética del cuidado.

Acercarse a esto requiere un cambio en el metabolismo económico y en los estilos de vida de unas dimensiones descomunales pero, desgraciadamente, ya no son suficientes las medidas tibias que, aunque bien orientadas, sean irrelevantes para afrontar el problema.

En CTXT, estamos abordando todas estas cuestiones sin miedo, de una forma plural, comprometida, porque los medios de comunicación tienen responsabilidad en la disputa de la hegemonía cultural y en la visibilización de aportaciones que han estado demasiado ocultas.

La tarea es grande y costosa pero desde luego está llena de sentido. Se trata de, nada menos, reconciliarnos con la tierra de la que dependemos, con las personas subyugadas y progresivamente expulsadas. Se trata de reconciliarnos con nuestras propias hijas.

En el fondo, no es más que un acto de amor por la vida y con la gente. Os invitamos a participar esforzada, radical y apasionadamente en esta tarea.

Un abrazo fuerte.

 

 

https://crashoil.blogspot.com/2019/03/carta-quienes-la-puedan-leer.html

 

viernes, 22 de marzo de 2019

Carta a quienes la puedan leer

 

Queridos hijos míos:

Os digo “hijos” porque por mi edad bien podríais serlo, aunque mis hijos biológicos sean más jóvenes (tardé en formar una familia, como suele pasarle a tantas personas que se dedican a la ciencia). Sois la gente joven, los que tenéis veintipocos años o menos, que ahora estáis saliendo a manifestaros a exigir que se adopten soluciones a la crisis climática que vosotros no comenzasteis pero que sin duda vais a sufrir con toda su intensidad. Sois los hombres y las mujeres, los chicos y las chicas, que cada viernes os declaráis en huelga en vuestros estudios y salís a la calle a reclamar lo que es de sentido común, lo que es vuestro derecho.

Para los que somos más viejos, de generaciones anteriores a la vuestra, sois nuestra última esperanza de construir un mundo mejor y más justo. Pero como somos más viejos y hemos visto pasar ya muchas cosas, no podemos evitar sentir temor. Por vosotros y por nosotros.

No quisiera ponerme demasiado paternalista y presuntuoso, diciéndoos que solo veis una parte del problema; que el cambio climático, siendo como es grave, no es más que uno de los múltiples problemas ambientales que tenemos; que los problemas ambientales, siendo como son gravísimos, no son más que una parte de los problemas de sostenibilidad a los que se enfrenta la Humanidad. No creo que sea necesario: lo que no conozcáis, ya lo conoceréis; y trataros con la arrogante suficiencia de la gente más experimentada no es la mejor manera de apoyaros, cuando lo que todos deseamos es que triunféis donde nosotros fracasamos.

Sin embargo, os ruego que entendáis nuestros miedos, nuestros temores, igual que el padre teme que el hijo cometa los mismos errores que cometió él.

Cuando yo nací, el Mayo del 68 estaba en sus postrimerías. En los años 60 del siglo pasado, la creciente concienciación estudiantil explotó en un movimiento que fue casi una revuelta, en contra del orden establecido. En contra de los abusos de poder, de los privilegios de clase, de las guerras encubiertas por intereses inconfesables. Este movimiento sacudió en mayor o menor medida todo el mundo occidental, pero fue especialmente intenso en Francia. “Seamos realistas: pidamos lo imposible”, decían. Los jóvenes de entonces querían cambiar el mundo, porque se daban cuenta de que el mundo se dirigía hacia un lugar al que no querían ir.

El movimiento se mantuvo con cierta fuerza unos pocos años, mientras los poderes políticos alternaban la represión con la incorporación de algunas reformas – mínimas – buscando hacerse más aceptables. Pero en 1973 comenzó una grave crisis económica, y las ilusiones juveniles tuvieron que ser aparcadas. El idealismo está bien, vendrían a decir, pero ahora tenemos que estar por las cosas serias. Con la actividad económica cayendo en picado y un paro rampante las sociedades occidentales tenían otras necesidades más graves a las que atender. Y con las dificultades que experimentaba el ciudadano de a pie nadie osó continuar cuestionando al poder. Eso tendría que quedar para mejor ocasión. Y así se silenció el grito de una generación. Los años 70 y principios de los 80 fueron años de mucho retroceso en lo social, del “No hay alternativa” a las medidas neoliberales. El sueño del 68 murió.

Años más tarde, cuando yo era un poco más mayor de lo que vosotros sois ahora, hubo un nuevo movimiento, de nuevo fundamentalmente estudiantil, de reacción contra el estado de cosas el mundo. Es el surgimiento de los movimientos antiglobalización de finales del siglo pasado. En aquella época era ya evidente que la globalización de la economía, vendida por los medios de comunicación como el mayor bien deseable, estaba exacerbando las injusticias y la destrucción de la Naturaleza. “Otro mundo es posible”, decían los manifestantes. En esa ocasión no hubo negociación, solo represión. Pero aquellos jóvenes de entonces no se arredraron y siguieron manifestándose. Hasta que estalló la burbuja especulativa asociada a las nuevas tecnologías, entonces en plena expansión, lo que se llamó la “burbuja punto com“, y empezó una nueva crisis económica. De nuevo, no era momento para perder el tiempo con idealismos. Acto seguido se cometieron los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York y con una nueva legislación antiterrorista global las manifestaciones al estilo de los años precedentes se volvieron imposibles. Una vez más, el sueño de una generación de construir un mundo mejor fue enterrado por el pragmatismo de la crisis económica, con el añadido una vez más de un fuerte retroceso de las libertades individuales en aras de la lucha contra el terrorismo.

Desde entonces, ha habido algunos intentos esporádicos de recuperar el espíritu altermundista, como fueron el 15M en España o Occupy Wall Street en EE.UU. A diferencia de los casos anteriores, estos movimientos de protesta no se acabaron por una crisis económica sino que comenzaron precisamente a raíz de una de ellas, la Gran Recesión de 2008. Y más que como búsqueda de una justicia global para todo  el planeta, surgen como una reacción más local y más egoísta, simplemente denunciando el empobrecimiento de las clases medias. Por eso mismo, en este caso no servían las llamadas al pragmatismo con las que se desactivaron los movimientos de finales de los 60 y 90 del siglo pasado; y solo se ha podido desactivar estos movimientos con la (pequeña) mejora económica de los últimos años.

Y así llegamos aquí. Y así llegamos a vosotros.

Vosotros, que estás viendo que el clima del planeta está cada vez más desestabilizado, mientras que los poderes públicos hablan mucho y pretenden hacer creer que están haciendo algo cuando en realidad no hacen nada. Y una vez más surge un movimiento de reacción, de protesta, que busca cambiar las cosas, que de una vez se haga lo que es debido.

Y yo, y tantos otros como yo, miramos atrás al camino, y nos inunda el temor de que, una vez más, con los argumentos de siempre, se pueda desarticular vuestro movimiento, tan necesario como lo fueron todos los anteriores.

En toda esta historia que os acabo de explicar, hay una clave a la vista y otra que se intenta ocultar.

La clave a la vista es que los anhelos de cambio y de reforma son siempre ahogados por la irrupción de una grave crisis económica, que obliga al mal llamado “pragmatismo” de aceptar auténticas barbaridades para poder salir adelante, para evitar caer en la miseria.

La clave que se intenta ocultar, o como mínimo maquillar, es que detrás de estas crisis hay siempre el mismo problema: el petróleo.

El petróleo es un recurso finito y del cual depende críticamente nuestra economía, pero, contrariamente a lo que se suele hacer pensar, los problemas con el petróleo no comienzan el día en que se agota por completo. Y es que el petróleo no se produce siempre a la misma velocidad. A medida que vamos extrayendo más y más, lo que queda es más residual y es más difícil de extraer. Por eso, en cualquier país hay un momento en el que se llega al máximo de extracción, o peak oil, y a partir de ese momento la producción de petróleo empieza a caer. Lo cual es un problema grave para ese país, porque tiene que aprender a pasar con cada vez menos petróleo: sus ingresos disminuyen, sus finanzas se resienten y eventualmente entra en crisis.

En 1972 los EE.UU. llegaron a su peak oil. Un año más tarde se desencadenó una crisis global.

En 2001, varios productores importantes llegaron a su peak oil. La producción de petróleo del mundo, que había crecido con fuerza desde 1980, empezó a frenarse, y se produjo una crisis global.

A finales de 2005 o principios de 2006, la producción mundial de petróleo crudo convencional llegó a su máximo. Dos años más tarde, comenzó la mayor crisis económica en décadas.

Análisis más detallados, como los que ha hecho el profesor James Hamilton de la Universidad de California San Diego, muestran que el petróleo ha estado siempre detrás de las grandes crisis económicas de los últimos cincuenta años.

La última de estas crisis, La Gran Recesión, fue tan profunda que hizo tambalearse el actual sistema económico, hasta el punto de que el propio presidente francés de entonces, Nicolas Sarkozy, llegó a plantear la necesidad de refundar el capitalismo. El caso es que, tras la caída de consumo de petróleo que supuso el inicio de La Gran Recesión, hacia 2011 el consumo se estaba recuperando… pero la producción no. Así que en EE.UU. se sacaron de la manga el petróleo de fracking: un petróleo de baja calidad, demasiado ligero y tan caro de explotar que las empresas que se dedican a ello han perdido dinero desde el principio, apalancándose en cantidades monstruosas de crédito. Un esquema tan absurdo que amenaza con derrumbarse en cualquier momento.

Para acabarlo de agravar, el petróleo crudo convencional sigue bajando su producción poco a poco, y los hidrocarburos líquidos no convencionales que se han añadido para compensarlo son de tan baja calidad que en su conjunto no son buenos para destilar diésel… y eso está haciendo que la producción de diésel haya comenzado a caer.

El diésel es la sangre del sistema, lo que mueve todo el transporte de mercancías. Si la producción de diésel disminuye, el sistema amenaza con derrumbarse. Y esto no es un detalle menor. No es algo que se pueda resolver de manera sencilla.

Con energías renovables, pensaréis quizá, como se dice y se repite en los medios de comunicación. Pues quizá sí o quizá no. Las energías renovables tienen muchas limitaciones, y no bastan para substituir de manera sencilla a los combustibles fósiles. No es evidente que podamos producir la misma cantidad de energía con fuentes renovables como lo hacemos ahora con no renovables, y en todo caso hacer la transición requeriría comenzar desde ya un esfuerzo semejante al de una guerra y durante al menos 30 años.

Por tanto, se tienen que hacer cambios mucho más profundos que lo que se habla. No tenemos alternativas sencillas por delante. No se puede mantener un sistema económico y social como el actual basándose en renovables y coches eléctricos. De hecho, no se puede generalizar el modelo del coche eléctrico. Nada es tan sencillo como se cuenta, y los cambios deberían ser muy profundos, no meramente cosméticos.

Ése es el reto que tenemos por delante. Ése es el reto que tenéis por delante. Y éstas son las dificultades.

Estamos a punto de entrar en otra grave recesión económica, en la que el petróleo y el diésel van a desempeñar un papel central. No podéis dejar que os desactiven con el argumento habitual, el del pragmatismo, ése que dice: “primero resolveremos la crisis económica, después ya vendrá lo demás”, porque la crisis económica a partir de ahora será la situación habitual: el capitalismo se dirige a su fase final, porque los recursos empiezan a fallar y no le permiten seguir creciendo. Así que la crisis económica será en breve algo recurrente, continuo, instalado. Pero la crisis ambiental tampoco va a parar, aún menos la de los recursos, ni todas las otras crisis de sostenibilidad. No podemos esperar más, no valen excusas. Y si el sistema no funciona, tendremos que cambiar el sistema.

No os dejéis engañar con los parches que se cacarean desde los medios.Demonizar el coche de diésel solo sirve para ganar unos pocos años, sin resolver el problema real. El modelo de paso al coche eléctrico puede estar pensando para favorecer a los ricos y empobrecer aún más a los pobres. Y algo parecido pasa con determinados modelos de explotación de energías renovables. No hay una evolución simple desde donde estamos hacia donde deberíamos estar. Ir añadiendo sistemas renovables, con la idea de que algo vamos avanzando, no es necesariamente avanzar en la buena dirección. Hay que estudiar bien el problema y hacer propuestas meditadas, pues el problema es complejo. Quien os proponga soluciones simples, tenedlo por seguro, os está intentando engañar. Porque ése es nuestro gran temor: que os intentarán engañar. Os intentarán manipular. Intentarán que defendáis modelos simples que parecen funcionar (que os han hecho creer que funcionan) pero que en realidad perjudican a los más y benefician a los menos.

Y si descubrís la trampa y reaccionáis ante eso, si sois capaces de proponer soluciones que vayan a la verdadera raíz de los problemas, os atacarán con furia. Es lo mismo que pasó en 1968. Es lo mismo que pasó en 1997. Pero vosotros no sois los mismos que entonces fallamos. Confiamos en vosotros.

Os deseo mucha suerte y mucho coraje.

Mis afectuosos respetos.

Antonio Turiel
Marzo de 2019

 

 

https://ctxt.es/es/20190320/Firmas/25076/Adrian-Almazan-carta-a-las-jovenes-lucha-por-el-clima-pelea-resistencia.htm

 

Carta abierta a las y los jóvenes en lucha por el clima

Acabar con la emergencia climática, o más en general con la crisis social y ecológica, pasa por la pelea y la resistencia

ADRIÁN ALMAZÁN

20 de marzo de 2019

El pasado viernes me manifesté como vosotras por las calles de Madrid. Aunque cada día me parezca más lejano, hace apenas diez años que abandoné un instituto muy parecido al que recorréis todos los días y al que decidisteis faltar el pasado 15 de marzo para mostrar en la calle vuestro compromiso con la lucha contra el cambio climático. En estos diez años que me separan de muchas de vosotras he dedicado gran parte de mi tiempo a tratar de comprender cómo hemos llegado a la situación presente que hoy os alarma. También a intentar aclarar en mi cabeza a qué problema nos enfrentamos.

Me encuentro, como veis, en una posición extraña. A la vez cerca y lejos de vosotras. Lo suficientemente joven como para compartir la convicción de que el cambio climático es un problema que me afecta a mí y a mi vida, y lo suficientemente lejos como para no poder sentirme del todo una más de vosotras, en las que más bien veo a mi hermana pequeña (a la que recuerdo cambiar pañales y dar de comer hace ahora quince años).

Y desde ahí, desde ese punto un tanto indefinido, es desde donde escribo esta carta. Si habéis llegado a leer hasta aquí, no penséis que lo que pretendo es daros lecciones. Este movimiento es vuestro, y seréis vosotras las que tendréis que decidir qué hacer con él. Está claro, además, que ya os planteáis vuestras propias preguntas y buscáis respuestas que, al menos en mi experiencia, tienen la mala costumbre de ser un tanto escurridizas.

Lo que pretendo en estas líneas es transmitiros lo que quizá yo hubiera querido que ese hermano mayor que nunca tuve me hubiera contado cuando empecé a luchar por transformar este mundo. Escribo, de hecho, pensando en lo que hubiera dicho a mi hermana pequeña si me la hubiera cruzado el otro día por las calles de Madrid. Y son únicamente tres cosas, conclusiones personales de estos diez años de lucha y cuestionamiento que, por supuesto, no son incuestionables. Para mí, sin embargo, han sido primordiales y me acompañan en casi todo lo que hago.

La primera es que el cambio climático no es ni el único ni el más grave de los problemas a los que hacemos frente a inicios de este siglo XXI. No voy a ofreceros datos, ni remitiros a informes, ni a alarmaros con plazos breves de acción. Tan sólo quiero señalaros que el proceso en el que estamos hoy inmersos más que a una crisis puntual, la climática, se parece a una especie de fallo múltiple de casi todo en lo que se ha basado la vida de sociedades como la nuestra en los últimos siglos. Y ahí un factor clave es el de la energía, en particular el petróleo.

Entre otras cosas, aquello que ha hecho de nuestras sociedades una verdadera excepción histórica ha sido la posibilidad de utilizar un combustible como el petróleo. Éste, en el fondo, está detrás de la construcción de nuestras ciudades, permite que vivamos en ellas como lo hacemos, ha generalizado la posibilidad de viajar mucho y muy lejos, ha permitido que la economía crezca, ha sostenido un aumento tremendo de la población, y muchas otras cosas. Pero también ha sido el causante de fondo, como sabéis, del cambio climático. Y no sólo.

El modo en que las sociedades humanas se han extendido por todos los rincones del globo ha tenido un efecto muy fuerte sobre el resto de la vida, vegetal y animal, del planeta. Nuestra forma de vivir ha arrasado en pocas décadas territorios enormes y ha puesto en tela de juicio el funcionamiento de muchos ecosistemas. De hecho, hoy se habla ya de que vivimos una sexta Gran Extinción, de que nuestra mera presencia en el planeta es equiparable al impacto del meteorito sobre la tierra que acabó con los dinosaurios. Y eso no significa únicamente que muchas plantas y animales vayan a desaparecer, sino que como para vivir (tener agua, respirar aire limpio, alimentarnos, etc.) dependemos directamente de todo el conjunto de vida de nuestro planeta, de Gaia. La destrucción que estamos generando se parece mucho a cortar poco a poco una rama sobre la que estuviéramos sentados a una altura considerable.

Por tanto, nuestra adicción a los combustibles fósiles pone en peligro el clima, destruye nuestro planeta y además nos mete en un callejón sin salida. El petróleo, el gas y el carbón (como cualquier otro material que podáis imaginar) es finito. La idea de que nuestro consumo de ellos puede crecer de manera indefinida para sostener un crecimiento parejo de la economía es simplemente absurda. Hoy sabemos ya que la disponibilidad de petróleo está empezando a decaer y por eso hablamos de que se ha atravesado el pico del petróleo (y también de otros materiales…).

La suma de las consecuencias desastrosas del uso del petróleo y de los efectos devastadores que tiene ya, y que cada vez más tendrá en el futuro, su escasez, es la que nos permite decir que además de en una emergencia climática estamos inmersos en una crisis social y ecológica que pone severamente en cuestión la posibilidad de continuar manteniendo un modo de vida como el que vosotras y yo mismo hemos conocido durante toda nuestra vida.

Y esto me lleva a la segunda cosa que querría compartir con vosotras, que es mi convencimiento de que ante el problema al que nos enfrentamos no bastarán cambios legislativos parciales y transformaciones tecnológicas. Justificar algo así requeriría, probablemente, mucho más espacio del que pretendo que esta carta ocupe. De modo que hasta cierto punto seguramente hará falta un análisis propio por vuestra parte para decidir si creéis o no lo que digo.

Lo que personalmente considero que se concluye de lo que decía en el primer punto es que el problema que tenemos no es parcial, sino que afecta a casi todos los elementos que forman hoy parte del funcionamiento “normal” de nuestras sociedades. Pensad un momento a qué se parecería un mundo en el que no usásemos combustibles fósiles. En primer lugar, no podríamos tener un coche personal, ni nosotros ni nadie. La vida en las ciudades como las nuestras, que depende de consumir mucha energía y de productos que vienen desde muy lejos a través de los sistemas de transporte, no podría mantenerse. Pero la economía tampoco podría crecer como lo hace, y creo que todos sabemos a qué se pareció el episodio más reciente de bloqueo (en realidad desaceleración) de la economía: eso fue la famosa crisis económica que os habrá acompañado como un fantasma en casi toda vuestra vida consciente.

Pero es que, además, si todo lo anterior es así, nuestros deseos y expectativas tampoco podrían mantenerse sin cambios. Sin combustibles fósiles habría que despedirse de coger un avión cuando nos dé la gana. Si no podemos depender de comer la comida que, producida en otros continentes y envasada en plástico en grandes fábricas, llega a nuestra casa en las ciudades a través de los supermercados, ¿qué haremos? Quizá tendríamos que tomarnos en serio aprender a cultivarla, e incluso vivir en lugares en los que pudiéramos hacerlo (y eso no es precisamente el centro de la gran ciudad…)

¿Y qué me decís del enorme consumo eléctrico del que hoy depende nuestro ocio y nuestro trabajo? Móviles, ordenadores, televisiones… Todo ello consume enormes cantidades de electricidad que, sí, se produce sobre todo a partir de petróleo (cuando no de cosas peores, como el uranio de las centrales nucleares. Imagino que todas vosotras recordáis Fukushima…).

Por tanto, lo que necesitamos para hacer frente a la crisis ecológica y social es cambiar por completo nuestra vida, nuestra economía, nuestros deseos, nuestra forma de habitar, de comer… Y eso no depende de una ley o de un impuesto, de una prohibición puntual o de un decreto. Incluso si una ley prohibiera de un día para otro el uso de combustibles fósiles, todos los problemas de los que os hablaba seguirían estando ahí. El drama de que nuestro mundo necesite autodestruirse para funcionar significa que parar la destrucción implica volver a pensar cómo hacer casi todo.

Seguro que muchas de vosotras, al leer lo anterior, habréis pensado que exagero. O más bien que olvido la existencia de muchas tecnologías que quizá mitigarían la radicalidad de los cambios que apunto, que harían posible que muchas cosas siguieran funcionando casi igual a como lo hacen hoy en día. El coche eléctrico, las energías renovables, los robots de producción de alimentos y mercancías, etc.

Mi experiencia, y mis estudios, me han llevado a concluir que es un error pensar que podremos luchar contra esta crisis simplemente mediante la invención de nuevas tecnologías. Y eso por dos razones. La primera, que no existe ninguna innovación tecnológica que pueda compatibilizar el fin de la crisis ecológica y social y el tipo de sistema económico y productivo que tenemos hoy. Las energías renovables no pueden sustituir al petróleo porque ni producen la misma cantidad de energía ni sirven para muchas cosas importantes que dependen del petróleo (por ejemplo, fabricar fertilizantes químicos); los coches eléctricos siguen dependiendo de materiales escasos y no hacen frente a, por ejemplo, el problema de la destrucción de Gaia, etc.

Y, por tanto, si es así, las tecnologías tampoco bastan porque simplemente algunos de nuestros problemas no son técnicos. ¿Pueden las tecnologías cambiar automáticamente nuestras expectativas, transformar nuestras economías, llevarnos a acordar una reducción de consumo? Yo creo que no. Es más, lo que históricamente han demostrado es que por cada problema que solucionan suelen generar otros inesperados y, a veces, más graves. Pensad si no en la energía nuclear, que al pretender (falsamente, por otro lado) dar por cerrado el problema energético, en realidad generó el enorme problema de los residuos nucleares y de los accidentes, además del de la proliferación nuclear (es decir, la extensión por todas partes de las armas nucleares).

Y, hablando de armas, termino ya con la tercera cosa, quizá la más desagradable pero no por ello menos importante. No podemos olvidar que cualquier lucha por transformar el mundo, como la vuestra (o más bien la nuestra), está profunda e irremediablemente atravesada por el conflicto y la violencia.

Imagino que a menudo os habréis preguntado, o al menos yo lo hago, cómo es posible que hayamos podido llegar hasta aquí sin que nadie haga prácticamente nada frente a problemas que son o relativamente evidentes o, a día de hoy, profundamente conocidos y estudiados. Una clave que en mi opinión es muy importante es simplemente ser consciente de que esta autodestrucción del mundo es “beneficiosa” (en el sentido estrecho del beneficio económico) para una enorme cantidad de gente.

En el fondo es relativamente sencillo. Igual que ningún jefe ha tenido históricamente demasiado problema para empeorar conscientemente la vida de sus empleados con el fin de enriquecerse, las grandes empresas y los especuladores internacionales no parecen tener demasiado problema en seguir alimentando esta auténtica locura destructiva si con ello pueden seguir manteniendo sus ganancias.

Y esto, que dicho así puede resultar desagradable pero relativamente inocuo, encierra una enorme cantidad de violencia. La violencia de la esclavitud en las fábricas chinas, de los pueblos y territorios devastados para obtener determinada materia prima, de los migrantes llamados “climáticos” (aquellos que tienen que abandonar sus tierras por las transformaciones que éstas sufren como efecto del cambio climático), de una vida vacía basada únicamente en un consumo que hoy ha demostrado sólo poder llamarse suicida…

Pero lo anterior no debería situarnos en la posición de eludir cualquier responsabilidad, de culpar únicamente a las élites y quedarnos tan tranquilos. Los primeros privilegiados, y por tanto hasta cierto punto responsables, de lo que sucede en el mundo somos nosotros y nosotras, especialmente en un país como España. Gran parte de la violencia que vemos en el mundo no surge de la nada, espontáneamente, de la barbarie o la ignorancia de pueblos que se matan entre ellos por placer. La realidad es que el grueso de los conflictos están relacionados con intereses geopolíticos que en el fondo sólo reflejan una cosa muy simple: para que nosotras y nosotros podamos mantener nuestro modo de vida es necesario que exista guerra, violencia y miseria en muchos otros lugares del mundo (que, paradójicamente, soportan toda esa miseria gracias a la promesa de que algún día, y de alguna manera, también podrán vivir como nosotros lo hacemos).

¿Cómo no conectar la presencia de combustibles fósiles, y la lucha por su control, y todas las guerras que han sacudido a Oriente Medio? ¿De verdad pensamos que es casualidad que el Congo, un país que lleva décadas inmerso en una guerra perpetua, posea uno de los yacimientos más grandes del mundo de coltán (un mineral fundamental para la construcción de todas las nuevas tecnologías)? Los ejemplos se podrían multiplicar. Y, de hecho, aunque no entraré en esa cuestión, lo que vemos es que  en verdad nuestro mundo se ha introducido en una especie de dinámica que no parece dejar mucho margen de maniobra, que se impone por igual a los ganadores y los perdedores de su sanguinario juego.

Lo anterior, sin embargo, es importante tenerlo en cuenta porque lo que nos dice es que cualquier cambio necesariamente será, en un grado u otro, violento. Si partimos de la base de que no va a ser posible que exista un consenso general, mundial y simultáneo al respecto de qué hacer frente a la crisis social y ecológica, siempre existirá quien se oponga. Más bien grupos enteros que se opongan a transformaciones que pongan en tela de juicio sus intereses. Y con ello no sólo pienso en las grandes multinacionales del petróleo, sino en todas y cada una de nosotras si tuviéramos que renunciar al 90% de nuestro consumo a fin de construir un escenario a la vez equitativo y sostenible en el tiempo.

Sólo hace falta recordar la explosión que en Francia han protagonizado los “chalecos amarillos”. Aunque como todo fenómeno social su naturaleza es compleja, no podemos olvidar que una de sus bases fue una subida del diesel que simplemente actuó como una suerte de límite al consumo que se vivió como una imposición brutal a la libertad y los privilegios asumidos por la sociedad francesa.

Y esto es importante. Incluso en el escenario en que tuviéramos un Estado que decidiera poner en marcha medidas encaminadas a hacer frente a la crisis presente, no podemos olvidar que tanto los mercados como los ciudadanos de a pie sentirían éstas como un enorme ejercicio de violencia y, por tanto, no dudarían en levantarse y oponerse a ellas. Y entonces, ¿qué habría que hacer? ¿Imponerlas por la fuerza, usando a la policía o los militares? Hoy se multa a quien no respete las restricciones de Madrid Central, pero ¿qué nivel de represión haría falta desplegar para imponer el abandono de los combustibles fósiles o la reducción del consumo? Y, por otro lado, ¿cómo no pensar, sabiendo lo que sabemos de la corrupción y del Estado, que la gente en los cargos de poder no limitaría a la fuerza los privilegios de los demás manteniendo, o incluso aumentando en el peor de los casos, los suyos propios?

Todo lo anterior nos deja ya en el ámbito de las preguntas sin respuesta, esas preguntas que movimientos como el vuestro o como muchos otros que trabajan por los mismos objetivos deben responder en la práctica y en la teoría con su trabajo cotidiano. En mi opinión, lo único que es difícil no ver es que la violencia que generará el deseo de mantener los privilegios, o la imposición desde arriba de lo que “necesitamos” en el marco de una falta de acuerdo, nos obliga a tener en mente que conseguir acabar con la emergencia climática, o más en general con la crisis social y ecológica, pasa por la lucha y la resistencia.

Por eso personalmente hace tiempo que concluí que luchar y resistir significa trabajar colectivamente (solos siempre seremos débiles), ponerme en cuestión a mí mismo y mis expectativas (un ejercicio que puede llegar a ser tremendamente violento) y lograr, en la medida de mis posibilidades, transformar aquí y ahora mi vida y mi territorio de manera que lo haga compatible con aquello que pienso que necesitaríamos, que evite la violencia de una imposición forzosa de algo que entre todas podemos voluntariamente construir, y que por supuesto nos tocará defender en el presente y en el futuro de aquellos que no tienen interés en que seamos autónomas.

Y eso lo han entendido bien, por ejemplo, los pueblos originarios que en América Latina, Asia o África arriesgan sus vidas para defender sus territorios y su autonomía (política y material) contra el extractivismo, contra la destrucción causada por el ansia de obtener más materiales, más petróleo, más agua dulce… Sin embargo, la respuesta que cada una dé, individual o colectivamente, a la pregunta sobre qué puede significar luchar y resistir le pertenece. Nadie debería robarle su derecho a encontrarla. Y yo, desde luego, ni podría hacerlo ni lo pretendo. Espero simplemente que estas líneas se integren como un renglón más en una larga conversación que nos pertenece a todas. Yo, por mi parte, seguiré leyéndoos atentamente.

seminario sobre “el jardín de babilonia” de bernard charbonneau

Adrián Almazán ha preparado un seminario para quienes saben o intuyen que el futuro será más rural de lo que pensamos:
Inscripción escribiendo aquí: campoadentro@campoadentro.es
A partir del martes, 26 de marzo, de 18.30 a 19.30h

Seminario de lectura colectiva:
«El jardín de Babilonia» de Bernard Charbonneau
Con Adrián Almazán
Diez sesiones semanales.
Precio: 66€ (incluye libro a precio especial de 16€)

Bernard Charbonneau (1910-1996), considerado fundador de la ecología política en Francia, escribió una veintena de libros e innumerables artículos en los que estudió el impacto de la «Gran Transformación» propiciado por la industrialización. Geógrafo e historiador de formación, y filósofo por vocación, desde los años treinta nos alertó de que la aceleración del progreso técnico y científico ponía en peligro los equilibrios naturales y sociales que permiten al hombre habitar la tierra y vivir en libertad. Su profundo amor por la naturaleza, su rechazo del progreso científico y de la urbe motorizada, hizo que optara por vivir retirado en el campo, lejos de las tertulias parisinas y de las academias, ejerciendo como profesor de geografía e historia en un colegio. Su compromiso en la defensa de la naturaleza lo llevó a fundar y dirigir, junto a su amigo Jacques Ellul, diferentes organizaciones ecologistas, como el Comité de Defensa de la Costa de Aquitania.

En este seminario nos sumergiremos en la que sin duda es su obra clave, y por ahora única disponible en castellano: «El jardín de Babilonia». En ella Charbonneau mostró con mayor empeño una disyuntiva infernal entre la «protección» de la naturaleza y el desvanecimiento de la libertad humana. Bucear en sus páginas es ser testigo de la desaparición del campo y sus habitantes, de la mutación de la ciudad en Megalópolis en manos del crecimiento desbocado, de una crítica pionera del supuesto «amor a la naturaleza» que sirve de coartada a la devastación producida por el turismo… «La experiencia de la naturaleza es hoy en día inseparable de la de su destrucción. Si queremos recuperar la naturaleza, primero tenemos que hacernos cargo de que la hemos perdido». Un clásico desconocido indispensable para comprender nuestro presente de crisis socio-ecológica y riesgos de colapso.

Adrián Almazán ha cursado todos sus estudios en la UAM, universidad por la que es licenciado en Física, máster en Física de la Materia Condensada y Nanotecnología, máster en Crítica y Argumentación Filosófica y doctor en Filosofía. En la actualidad trabaja como contratado posdoctoral desarrollando una investigación sobre educación ecosocial en el instituto DEMOSPAZ de la misma Universidad. Su investigación se ha centrado en el estudio de la tecnología como fenómeno socio-histórico—especialmente en el contexto del pensamiento francés del siglo XX—, además de en cartografiar la actual crisis socioecológica y trabajar en estrategias de lucha y mitigación de las perspectivas de colapso que ésta arroja. A esa cuestión dedicó su contribución al libro Ecosocialismo descalzo, entre otras publicaciones. Es además miembro de Ecologistas en Acción y forma parte del comité editorial de Ediciones el Salmón y de la revista Cul de Sac.

elecciones, LCCTE, ‘green new deal’, decrecimiento… un hilo de emilio santiago muíño

por Emilio Santiago Muíño
Activista ecosocial en @ITRompe. Doctor en Antropología. Director de @MostMedioAmb por compromiso. Mc fracasado y surrealista extemporáneo por vocación.

 

El 28-A elecciones. Que en el mejor de los casos dejan en standby reformas estratégicas como la Ley de Cambio Climático y Transición Energética [LCCTE], pilotada por @Teresaribera incluso contra la oposición interna en su propio partido [Abro hilo largo]
 http://ow.ly/TO1U30nJ2rE 

El hilo es un resumen de este documento, que elaboramos colectivamente un grupo de científicos y activistas, entre los que se encuentran @casdeiro, Carlos de Castro, @JorgeRiechmann, @amturiel, @MediavillaMarga. Pedro Prieto, Jordi Sole o @yayo_herrero:
 https://bit.ly/2TSJ2UZ 

Sin duda, si hay una ley que va a definir el futuro de la “segunda transición española” es ésta. Un documento que, pese a la beligerancia dentro y fuera del PSOE (síntoma de lo difícil de este reto), en su borrador no tramitado suponía un paso necesario pero muy insuficiente.

Necesario porque tras años de bloqueo del PP y “su vía polaca” la LCCTE nos ponía en hora con las directrices europeas de transición energética más avanzadas. Insuficiente porque el marco energético europeo parte de un error de base: que los límites del crecimiento sean un tabú.

Europa, que es vanguardia geopolítica en transición energética, llega cuarenta años tarde. Este tipo de reforma energética gradual hacia la descarbonización hubiera sido factible en 1972, o incluso en la época de Río 92. Hoy la extralimitación es ya tan grave que el escenario es otro.

Nuestra situación es de “emergencia planetaria”. Y el tipo de intervención política que requiere la sostenibilidad se parece más a las transformaciones súbitas y revolucionarias dadas en las naciones industriales bajo la economía de guerra de la IIGM que a la Agenda 2030.

Pero la tragedia de nuestra época es que lo ecológicamente obligatorio es políticamente imposible. La transición ecosocial debe cabalgar esta contradicción desgarradora, empezando por clarificar el debate real. A continuación, algunas cuestiones clave en relación a la LCCTE:

1) Las energías renovables son inagotables a escala temporal humana pero muy limitadas en su aprovechamiento. Se tratan de dispositivos no renovables de captación de energía renovable que producen electricidad en sociedades no eléctricas (electricidad=20% consumo energético hoy).

Una placa solar o un aerogenerador requieren muchos minerales finitos, muchos de ellos próximos a su agotamiento. Las ubicaciones geográficas óptimas también son limitadas, como refleja este gráfico de Pedro Prieto. Los campos eólicos de calidad en España ya han sido ocupados:

La electrificación total del transporte es un nudo técnico irresoluble (transporte pesado y aviación). Y hoy las renovables funcionan gracias al subsidio fósil. ¿Cómo podría funcionar este campo eólico marino sin combustibles fósiles para minería, montaje, o mantenimiento?👇👇👇

 

2) Las dos hipótesis centrales del desarrollo sostenible, si definimos desarrollo como crecimiento económico exponencial empujado por expansión constante del beneficio capitalista, son falsas. Ni la intensidad energética puede descender al infinito ni la economía se desmaterializa.

Los logros en estas líneas son trampas al solitario, basados en la externalización de los procesos industriales y sus impactos ecológicos al Sur global. La green smart city europea sería imposible sin China convertida en un infierno dickensiano.

La realidad es peor que un capítulo de Black Mirror. Hoy en plaza de Tiananmen se retransmite el amanecer porque la contaminación lo tapa. No olvidemos: éste es el cimiento material real que hace posibles cosas “verdes” como dispositivos de monitorización del consumo energético.

 

3) Por ello el 100% renovable debe ir unido a una economía poscrecimiento. Sin duda, esto supondría una transformación civilizatoria revolucionaria que no sabemos hacer. Primer paso, romper el tabú como intentó @fmarcellesi con la conferencia Post-Growth:
 https://bit.ly/2toqRuL 

4) La LCCTE solo sobre una de las caras del binomio energía-clima: el cambio climático. Pero la emergencia planetaria es una pinza que nos presiona también por el lado de los suministros: el pico del petróleo convencional fue en 2006 y el fracking es solo una mala prórroga.

 

La LCCTE debería prever que en las próximas décadas podemos enfrentar desabastecimientos críticos de combustibles fósiles, empezando por el petróleo, tal y como ya asoma en el caso del diésel:  https://www.youtube.com/watch?v=jPUddlj8et4 …

5) No se trata por tanto de hacerlo mejor, sino de hacer menos. El espíritu rector de la futura LCCTE debería ser siempre el ahorro energético como vía para el descenso del consumo de energía primaria, definiendo la eficiencia como un medio supeditado a este objetivo final.

6) El talón de Aquiles de la LCCTE es el transporte. Necesitamos un planteamiento mucho más audaz que no sea sólo una apuesta por el coche eléctrico, que además puede esconder una subvención a las clases más altas:  http://crashoil.blogspot.com/2019/01/usted-va-pagar-el-coche-electrico.html …

Algunas propuestas: revisión del planeamiento de infraestructuras, paralizando AVE y ampliaciones de aeropuertos. Fin de las desgravaciones fiscales al queroseno de aviación. Fuerte inversión en una red de ferrocarril para el transporte de mercancías.

Y especialmente, necesitamos políticas ecosociales de ordenación del territorio y políticas de regulación económica para reducir sustancialmente la necesidad de desplazamiento de personas y mercancías. Una vida km. 0 es el mejor antídoto contra el cambio climático.

 

7) Siendo la LCCTE un marco legal que quiere promover la “transición justa”, sería necesario ampliar el concepto de justicia al menos en dos direcciones: con otros pueblos de la Tierra y con las generaciones futuras. Lo que nos obligaría a restricciones más severas.

8) La LCCTE ganaría mucho añadiendo dos ejes: políticas fuertes de gestión de demanda y una auditoría pública para democratizar el sector energético. Éste, construido a la sombra protectora del franquismo, supone un oligopolio con un poder sin parangón en el capitalismo europeo.

Cierro con una reflexión personal: paradójicamente, justo cuando el Green New Deal comienza a ser una política de mayorías ganadora, su propuesta se nos demuestra poco realista antes las urgencias ecológicas. ¿La fórmula? Jugar a dos bandas.

El éxito de @AOC es esperanzador. Como lo es que en la presentación de @MasMadrid__ , el auditorio rompiera en aplausos cuando @ierrejon, que puede gobernar en mayo, habló sobre sobre comedores escolares alimentados por productores ecológicos madrileños:  https://bit.ly/2TT49qr 

Hoy el Green New Deal puede ganar elecciones. Y hay que hacerlo porque supondría avances. Pero no basta. Por eso, necesitamos también movimientos sociales que promuevan análisis mucho más realistas. Y en consecuencia, mutaciones decrecentistas en el sentido común [FIN]

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Enlace al hilo original en Twitter: hilo original

You can follow @E_Santiago_Muin.

un texto clave de donella h. meadows: “bailar con sistemas”

¿Qué tiene que ver la Dinámica de Sistemas, clave para entender nuestro rumbo de colapso ecosocial, con el baile? Donella Meadows, autora principal del clásico informe The Limits to Growth (1972), sabía la respuesta:

“bailar con sistemas” en revista 15/15/15

 

“un lugar que pueda habitar la abeja”, entrevistas con jorge riechmann en libre descarga

En libre descarga, gratuita, desde la web de la editorial La Oveja Roja, está disponible “Un lugar que pueda habitar la abeja. Entrevistas con Jorge Riechmann” (2018).
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“sostenibilidad” (líquida) para principiantes

Podría parecer una broma, pero no lo es: se retrata cómo se ve la “sostenibilidad” (líquida, nada menos) desde dentro del sistema…


Tendencias en Sostenibilidad 2019

  • AGORA publica el último informe sobre Tendencias en Sostenibilidad. El informe ha sido elaborado por Helena Ancos, Directora de Ansari Innovación Social.
  • La sostenibilidad ha pasado a estar liderada por el activismo ciudadano y de líderes éticos, en lo que podíamos llamar una sostenibilidad líquida.
  • Habrá nuevos motores de la sostenibilidad como los distintos modelos de economía circular, la transparencia y los datos, y las Smart cities.

Como en años anteriores, se acaba de presentar el Informe Tendencias en Sostenibilidad 2019, donde Agora publica las fuerzas motrices y los principales desafíos para un mundo más sostenible. Las principales conclusiones del Informe son las siguientes:

El activismo continuará creciendo y ejerciendo presión sobre empresas y gobiernos. Al mismo tiempo, la sostenibilidad a escala local, gana la partida a la sostenibilidad desde arriba, con las ciudades sostenibles como gran motor de cambio, esto es, ciudades que se planifiquen y administren teniendo en cuenta el impacto social, económico y ambiental.

En este contexto, los datos y su análisis son el factor de cambio, permitiendo descubrir tendencias, perspectivas, y problemas ocultos, planificar el futuro, hacer un presupuesto más eficaz, y establecer herramientas para medir, monitorear y mejorar su desempeño.

La concienciación de la sostenibilidad viene de la mano de empresarios éticos, los auténticos líderes en desarrollo sostenible. El mundo de la moda es especialmente dinámico en este sentido. Junto a estos empresarios éticos, los emprendedores sociales están abordando problemas sociales que quedan fuera de la acción tradicional de gobiernos y empresas. Así, la educación de las niñas, la violencia sexual, la reforma penitenciaria, la inclusión financiera y el alivio de desastres son algunas de las áreas de actuación donde se está incidiendo de forma brillante.

Como principales nichos de mercado destaca la Economía Circular a través de sus distintos modelos (el modelo de Suministros circulares, el modelo de recuperación de recursos, el modelo de Extensión del ciclo de vida del producto, el modelo de Plataformas compartidas o los modelos de Producto como Servicio) si bien hay que crear un ecosistema favorable para su desarrollo, a través de la financiación y de iniciativas normativas como las que están surgiendo en algunos países europeos y de otros continentes.

Por su parte, los ODS siguen siendo otra área prometedora en el desarrollo sostenible, pero para desarrollar su potencial es preciso visibilizar las oportunidades empresariales, un mainstraiming de desarrollo sostenible en todas las políticas públicas, y la alineación con los mercados financieros.

La IA desempeñará un papel interesante al habilitar y escalar las soluciones de sostenibilidad. Así,  las prácticas y los informes de RSE se transformarán radicalmente. Del mismo modo, el Blockchain cambiará la forma en que tienen lugar las transacciones comerciales haciéndolas más transparentes y permitiendo su seguimiento por el consumidor.

Informe completo en www.agorarsc.org

marx, marxismos, ecosocialismos: reflexiones de emilio santiago muíño

[Hilo de ESM en Twitter: aquí el hilo ]

Ya disponible el audio de la charla “De la destructividad de las fuerzas productivas” que ofrecí en el curso “Las armas de la crítica” organizado por @NocionesComunes en @traficantes2010. Marx y ecología como tándem necesario pero problemático [ABRO HILO]  https://bit.ly/2AGeMVa 

1º idea fuerza: para entender la crisis ecosocial e intervenir políticamente en ella desde posiciones emancipadoras, Marx es imprescindible. Pero al mismo tiempo Marx no nos basta. Por eso, como afirmaba Paco Fernández Buey necesitamos un marxismo sin miedo a la herejía.

Por ejemplo ni la metáfora base-superestructura, ni el determinismo económico, ni el proletariado como clase mesiánica que traerá sí o sí el comunismo, ni el comunismo como fin de los conflictos humanos: estos esquemas no han superado el banco de pruebas del siglo XX.

Estos presupuestos falsos derivan de una teoría que ha primado la unidad de lo social como axioma central. Pero hay otra hipótesis fundamental del pensamiento de Marx que tampoco se sostiene: la abundancia material. Actualizar a Marx ecológicamente implica discutir con ella.

Una tarea de la que no partimos de cero: ahí están los trabajos de Harich, O’Connor, Tanuro, Löwy, JB Foster, Saito y en España Sacristán, Fernández Buey, Sempere, @JorgeRiechmann. Y por supuesto, los propios atisbos ecológicos de Marx, como la idea de fractura metabólica.

¿Nos sirve Marx para pensar la crisis ecológica de un modo que sin él sería indescifrable? Sin duda, ya que ésta es una crisis de extralimitación del sistema capitalista. Y como Marx descifró la dinámica general del capitalismo, su obra es parada obligatoria.

También está toda la gestión de clase de la crisis ecosocial: acaparamientos de tierra y recursos, externalización social del daño ambiental, rentismo extractivista… y los planes distópicos de los ricos para librarse de los peores efectos del desastre en curso.

Pero el mejor aporte de Marx a la crisis ecosocial y su comprensión es la cuestión del fetichismo: “no lo saben pero lo hacen”. Como dice Martínez Marzoa, el hecho históricamente excepcional de que nuestra sociedad sea la primera de la historia con una estructura económica.

De Río 92 a Katowice 18 se suceden esperpentos teatralizados en los que la gobernanza capitalista global deja constancia a los historiadores del futuro de una de las causas del colapso en marcha: esa gobernanza sólo sirve para allanar el camino a la tumoración del capital.

El pensamiento de Marx tiene una actualidad rabiosa porque nos ayuda a comprender que el capitalismo no es sólo un plan político dirigido por una lumpenburguesía codiciosa, sino un sonámbulo histórico sin control, como demuestra su incapacidad para frenar el colapso ecológico.

Problema: Marx mezcló un análisis penetrante de la sociedad moderna, descubriendo uno de sus núcleos constituyentes, con una vaga especulación sobre la sociedad poscapitalista futura. En esta última se proyectaron de modo irreflexivo sus presupuestos teóricos más frágiles.

Por ejemplo se pensó el comunismo desde esa hipótesis de abundancia material que se ha demostrado un sueño cornucopiano erróneo, propio del siglo XIX. No existe abundancia material sustantiva en un planeta finito regido por las leyes de la termodinámica.

La abundancia material es importantísima para imaginar una sociedad en la que la cooperación socialista no es fruto de una explosión moral de altruismo (una sociedad de santos) sino que está socialmente determinada por una estructura donde prima el interés común.

También es la clave de bóveda de un sistema productivo posteconómico: sin coste de oportunidad, sin opciones mutuamente excluyentes, sin insatisfacción, que permita espontáneamente la colaboración coordinada y armoniosa de los productores asociados.

Esta abundancia además sería fruto de un desarrollo tecnológico que traería otras buenas noticias: una es la reducción radical del tiempo de trabajo gracias a la automatización, base de un ser humano total que tuviera tiempo para entregarse a la política, la cultura, el arte…

La otra, que Marx no pudo ver, pero fue y es un problema clave del socialismo tras el fracaso de la planificación centralizada: mecanismos técnicos para una planificación económica de una eficacia superior al mercado.

Este asunto se llamó en el siglo XX “solución computacional al cálculo económico socialista”. Parece que coordinar planificadamente una economía moderna compleja con telégrafo y ferrocarril, como intentó la URSS al principio de la revolución, fue una tarea condenada al fracaso.

Hay quien defiende que el socialismo fue una empresa prematura porque quiso hacer políticamente lo que técnicamente era imposible: gestionar el inmenso volumen de información dispersa de una economía moderna desde un centro gubernamental con tecnologías rudimentarias.

Pero hoy la informática, la microelectrónica y el internet distribuido estarían dando una segunda oportunidad para una suerte de cibercomunismo. Con sus notables diferencias entre ellos, esta es la idea de Negri, Kurz, Mason, Cockshott y Cottrell, Gorz…

¿Pero y si este despliegue del cibercomunismo a nivel mundial estuviera ecológicamente comprometido por la escasez de energía neta y de recursos minerales? Ésta es una pregunta retórica. Dada nuestra extralimitación ecológica, universalizar estas tecnologías resulta imposible.

Por tanto, una de las grandes tareas del siglo XXI es construir una idea “no fosilista” de la emancipación humana. Y por tanto un horizonte utópico mucho más humilde. @casdeiro propone pensarla bajo la idea, popularizada por Ursula LeGuin, de “volver a casa”.

¿Qué puede significar un ecosocialismo que vuelva a casa? Vidas materialmente más austeras, pero más seguras y también más plenas. Que combinen, como proponen Carlos Fernández Liria y Santiago Alba Rico, el paquete antropológico “neolítico” con los avances de la Ilustración.

Donde el programa ecofeminista de poner la vida en el centro, desfeminizando los cuidados y repartiéndolos igualitariamente entre hombres y mujeres, pero también valorándolos simbólica y económicamente, pueda ser parte de nuestra agenda central como sociedad.

Y donde un nuevo modelo de felicidad pueda levantarse alrededor de los dones de la lujosa pobreza: vidas con tiempo y disposición para el disfrute del amor, la amistad, el sexo, el deporte, la creatividad, la gastronomía, la pereza, la mística o cualquier otra pasión con sentido.

Todo esto mucho mejor expuesto en este artículo escrito en Constelaciones:  https://bit.ly/2EXun7m  Y también en el capítulo “Los frutos podridos de la economía política” del libro Ecosocialismo Descalzo, con @JorgeRiechmann, Adrián Almazán y Carmen Madorrán [FIN]

reflexión de emilio santiago muíño (sobre “chalecos amarillos”, transiciones energéticas, ecofascismos…) que se volvió viral

Emilio Santiago@E_Santiago_MuinActivista ecosocial en @ITRompe. Doctor en Antropología. Director de @MostMedioAmb por compromiso. Mc fracasado y surrealista extemporáneo por vocación.Dec. 06, 2018

 

La revuelta de los chalecos amarillos en Francia es solo el trailer de la peli de la crisis ecosocial que lo va a cambiar todo en las próximas décadas. Algunas reflexiones generales [ABRO HILO LARGO]

Si la extralimitación ecológica tiene un talón de Aquiles son los combustibles líquidos y el sistema de transporte. Nuestras sociedades van a crujir primero por esa costura. Por un lado un hábitat y una economía dispersa y deslocalizada hasta el delirio.

Por otro lado el 95% del transporte hoy depende del petróleo. Y por tanto de un recurso (a) finito y en rendimientos decrecientes (b) contaminantes y (c) responsable del cambio climático. Aunque no se hable tanto, la variable (a) es clave.

De hecho, el problema oficial con el diésel es una cortina de humo respecto al problema real. De los petróleos no convencionales no se refina diésel. Y como el petróleo convencional ya está en declive geológico, el auge de los no convencionales trae problemas de suministro.

La contaminación y el efecto invernadero ya se conocían hace años. Lo que ha cambiado para que se ponga tanto el acento en el diésel ahora es que vamos a horizontes de escasez. Es más complejo, pero lo explica genial @amturiel en este post:  https://bit.ly/2QB98gU 

Ahora bien, los chalecos amarillos dan la razón a @fmarcellesi. Si la transición ecológica no es socialmente justa, no será. Pero ¿qué puede significar esto más allá del eslogan?¿Cómo hacer políticas de transición ecológica serias y justas, ganar elecciones y revalidar gobiernos?

Primera idea clave: aquí hay un cuello de botella técnico muy complejo. Un nudo gordiano que la espada de la voluntad política sólo puede romper con rapidez arriesgándose al desastre. Hay que deshilar fino y con paciencia estratégica aunque no tengamos mucho tiempo.

Este es el cuello de botella: la mayor parte del transporte no se puede electrificar. Ni siquiera el parqué de automóviles privados del mundo se sustituirá al 100% porque no hay reservas minerales que puedan soportarlo (litio y platino). Pero este es el problema “menor”.

“Menor” entrecomillas. Es posible imaginar que lo gestionamos cambiando el uso social del coche y con transporte público. Pero esto es madridcéntrico: en el mundo rural o en áreas metropolitanas extensas de provincia sin infraestructuras de transporte público, es un problemón.

Pero el problema es mucho mayor para el gran transporte de mercancías, maquinaria agrícola, maquinaria pesada de minería, aviación y general todo vehículo cuya relación carga-potencia hace inimaginable, con la tecnología de hoy, su electrificación.

La solución real pasa por una reordenación ecológica del territorio a gran escala, y sin precedentes, que combine transformaciones radicales y muy rápidas en el modelo productivo, en la forma de habitar y el sistema de transporte. Algunas ideas para el debate:

1) Relocalizar la producción y la vida de modo muy intenso. Urbanismo de contención para ciudades vivibles a pie, en bicicleta y transporte público. Repoblación agroecológica de los desiertos demográficos del país y reequilibrio territorial.

2) Ferrocarril como vertebrador del territorio y como sistema fundamental del transporte de mercancías. Esto en España implica dar la vuelta al modelo de la alta velocidad. El tren que necesitamos no es el AVE. Y sufre décadas de abandono. Ah, y navegación a vela más eficiente.

3) Reducir mucho la movilidad privada motorizada (de combustión pero también eléctrica) Priorizar aquella socialmente útil: maquinaria agrícola y pesada; flotas de servicios públicos (transporte, bomberos, ambulancia, policía); sistemas logísticos capilares en entornos dispersos.

4) Reducir drásticamente la aviación, el transporte más insostenible. Esto tendrá graves implicaciones que deben preverse en la industria turística y en el epicentro del modelo de felicidad de la ingeniería social neoliberal (que es precariedad a cambio de un mundo low-cost).

Todas estas medidas son cambios estructurales profundos que requieren 20 años y un Estado capaz de intervenir en la economía con otras herramientas que no sean solo la monetaria y la fiscal. Es decir, requieren algo así como una economía de guerra ecosocialista.

Como no tendremos la varita mágica de la revolución ecosocialista, ¿qué hacemos aquí y ahora? Intentar una estrategia dual. Medidas para aliviar las cargas sobre los de abajo mientras que se emprenden en paralelo reconversiones estructurales hasta donde podamos. Posibilidades:

a) Acompañar la subida de la carga fiscal ecológica con una fuerte subida de la carga fiscal general, y que esta última sea muy progresiva. Lo que no se puede tolerar es el modelo Macron: suben carburantes que son primera necesidad para pobres y bajan los impuestos de patrimonio

b) Se puede poner el énfasis fiscal no solo en los ciudadanos ricos sino en los beneficios de las empresas históricamente responsables. Pero tiene sus riesgos: si las empresas externalizan en los trabajadores sólo se trasladará la injusticia y la conflictividad inherente.

c) Como defiende @fmarcellesi, asegurar que cada euro recaudado por la fiscalidad ecológica se destina a la transición ecológica, especialmente a financiar las medidas de fondo de reordenamiento ecológico del territorio y el sistema de transporte:  https://bit.ly/2Qd98o1 

d) Si a alguien se le ocurre cómo aplicar un impuesto progresivo al consumo de carburante que sea diferencial en función del poder adquisitivo sin generar un infierno burocrático (tarjeta digital?) o un inmenso mercado negro, igual merecería el Nobel ecosocialista del futuro.

Con esto cierro. Ya no estamos en Río 92. El desarrollo sostenible gradual y civilizado se nos escapó y ya no está a nuestro alcance. Hoy no hay forma de que la transición ecológica no genere, en sistemas democráticos, una inmensa fricción social y muchísimas resistencias.

Decir esta verdad es aún electoralmente suicida. Pero también es la única vacuna para que el choque con la realidad de la extralimitación no lo rentabilicen los nuevos fascismos. Necesitamos ensayar un discurso ecosocial sincero y responsable, pero políticamente ilusionante [FIN]

aquí se compiló el hilo

aquí lo abrió Emilio

y aquí el artículo posterior que lo amplió (junto con Héctor Tejero)

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joaquim sempere sobre transiciones energéticas: una entrevista

entrevista original en EL CUADERNO, nov. 2018

Joaquim Sempere: «La transición energética es inevitable y será conflictiva y dolorosa, pero encierra un potencial pedagógico y democrático enorme»

Joaquim Sempere (Barcelona, 1941), licenciado en Sociología por la Universidad París-X y doctor en Filosofía por la de Barcelona, fue discípulo de Manuel Sacristán, y como él, en un momento dado, adquirió la convicción de que la humanidad se encamina a una inédita catástrofe ecológica a la cual el socialismo clásico, preñado de entusiasmo desarrollista, no ofrece la respuesta adecuada. Persuadido de la necesidad de añadir el verde a la paleta de colores ideológicos de la izquierda transformadora, este militante histórico del comunismo catalán (pasó por la cárcel en los años sesenta, formó parte del Comité Central y el Comité Ejecutivo del PSUC, dirigió Treball y Nous Horitzons y formó parte del consejo de redacción y el consejo editorial de Mientras Tanto…) lleva varios años escribiendo artículos y libros con títulos como Mejor con menos: necesidades, explosión consumista y crisis ecológica (2009).

En 2018, Sempere acaba de publicar en Pasado y Presente un nuevo título, muy trabajado, que lleva el sugerente título de Las cenizas de Prometeo: transición energética y socialismo. En él parte de la convicción de que «tras doscientos años irrepetibles, el mundo habrá construido una civilización de gran complejidad y potencial humano gracias a técnicas muy desarrolladas, pero también al uso masivo de fuentes de energía —los combustibles fósiles y el uranio— destinadas a agotarse en la segunda mitad del presente siglo» para advertir que «es crucial anticipar este agotamiento emprendiendo la inevitable transición a un modelo energético 100% renovable, el único que nos garantiza una provisión indefinida de energía, aunque en cantidades muy menores de las que hoy usamos, lo cual obligará a vivir sin el actual despilfarro de bienes y a buscar el bienestar consumiendo menos. Si esta transición no está suficientemente avanzada, con un plan de choque decidido y enérgico, para cuando empiece a sentirse la escasez de energía fósil, los riesgos de colapso y de regresión civilizatoria serán considerables». A juicio de Sempere, «a fin de evitar situaciones de barbarie, de lucha de todos contra todos, será obligado atajar las desigualdades sociales y construir un orden postcapitalista nuevo —democrático y socialista— que se organice en función de las necesidades de las personas y no del afán insolidario de unos pocos por acumular riquezas». Y en esta entrevista que tuvo lugar en Madrid, aprovechando una visita del profesor a la ciudad para participar en unas jornadas académicas, Sempere desgrana lo fundamental de sus tesis.

El título del libro es bonito y llamativo y, como buen título, un resumen infinitesimal del contenido de la obra. De algún modo, hoy el reto es devolver el fuego a los dioses en vez de, como hiciera Prometeo en el famoso mito griego, arrebatárselo.

Exacto, sí. El fuego de Prometeo nos ha llevado demasiado lejos y nos ha llevado a un peligro de autodestrucción que hay que conjurar.

Ese fuego es fundamentalmente el petróleo.

Los combustibles fósiles en general, sí. Yo, en el libro, planteo una triple fractura metabólica. El capitalismo industrial comenzó no sólo con una tecnología nueva, la máquina de vapor, sino también con unos combustibles nuevos y particularmente el carbón, que pasó a ser la energía estrella de la nueva sociedad a finales del siglo XVIII y en el XIX. Eso significaba romper con el modelo energético que había prevalecido en toda la historia humana anterior: solar, renovable, etcétera, y naturalmente, con una intensidad energética mucho más baja y por lo tanto con unas potencialidades técnicas y sociales muy inferiores. La primera fractura fue ésa.

¿Cuál fue la segunda?

La agrícola. En el siglo XIX hubo una explosión demográfica que condujo a que empezaran a escasear los fertilizantes, y la solución vino dada por una nueva química agrícola que acabó con la agricultura orgánica que había prevalecido hasta entonces. Justus von Liebig y otros revelaron que para que un anión de fósforo, de nitrógeno, de potasio, etcétera, fertilizara una planta no hacía falta que proviniera de las heces fecales del ser humano u otros animales, sino que podía provenir de minerales. Y ya a finales del siglo XIX y sobre todo en el XX, con el método Haber-Bosch de obtención de nitratos, se inauguró una época en la que se podían producir alimentos con una intensidad antes desconocida. Antes, lo que funcionaba era el sistema del barbecho, consistente en dejar descansar la tierra de tanto en tanto y añadirle abonos orgánicos, lo que obligaba a unos ritmos de producción más bajos. Con los fertilizantes químico-minerales —y digo químico porque los minerales no se echan directamente al suelo, sino que se procesan en fábricas previamente—, tú puedes ir intensificando las cosechas y hacerlas año tras año. Si además eso lo combinas con otros productos agroquímicos para proteger las cosechas, y en particular con los plaguicidas, el resultado final es que los agricultores pierden la convicción que tenían tradicionalmente de que había que proteger y preservar la vitalidad y la capacidad regenerativa de la tierra cultivable; su capacidad de hacer germinar adecuadamente las semillas. Hoy hay una tendencia muy conocida y estudiada a la mineralización de los suelos, que van perdiendo ese humus, esa riqueza en lombrices, insectos y fauna y flora microbiana, que es la clave de su fertilidad indefinida.

Ahora hay una agroecología que trata de recuperar esos suelos naturales y los ritmos tradicionales de producción agrícola.

Sí, es cierto. Ponen la clave en la preservación de la fertilidad natural y la espontaneidad de los suelos. Pero llevamos ya un siglo de tratamiento excesivamente químico de los suelos, y muchos están ya mineralizados y empobrecidos. Imagino que hay pocos que lo estén totalmente, pero en todo caso es evidente que cuando tú tienes un suelo empobrecido, estás atrapado por la necesidad de añadirle año tras año fertilizantes artificiales, lo cual da lugar a una de esas situaciones tipo pez que se muerde la cola.

Los suelos se van empobreciendo y eso nos obliga a utilizar fertilizantes más potentes, inevitablemente minerales, lo cual los empobrece aún más.

Eso es. Y ello es muy grave para un sistema capitalista, que necesita la rentabilidad constante y además creciente; pero más allá del capitalismo, tenemos el problema de alimentar a la humanidad. La población humana se ha multiplicado por ocho desde 1800: en dos siglos justos hemos pasado de novecientos millones de seres humanos a siete mil y pico. Eso ha sido posible gracias sobre todo a la agricultura; a esa agricultura acelerada que produce mucho más alimento. Pero ese crecimiento demográfico, ese haber dado cabida a muchos más habitantes, nos obliga a asegurar su alimentación; y lo que hemos creado es una agricultura que no asegura esa fertilidad permanente que antes sí existía.

Hay que alimentar a los habitantes humanos del planeta, pero también a los animales, cuyo número también es desorbitantemente excesivo; hinchado artificialmente para abastecer el consumo voraz de carne y lácteos del Primer Mundo.

Ésa es otra historia, sí. La ganadería que se ha generado también es una ganadería insostenible. Que el cuarenta por ciento de la cosecha mundial de cereales se utilice para enriquecer piensos es un desastre. Se está usando para la alimentación animal lo que podría ser alimentación humana. Nosotros no podemos comer hierba, pero sí cereales.

En estos momentos, además, el desarrollo de China e India, dos países que suman juntos casi tres mil millones de habitantes, está incrementando la capacidad de consumo de ambos pueblos, que se acerca cada vez más a la nuestra.

Sí, sí. El aumento del nivel de vida siempre está asociado automáticamente al aumento del consumo de carne, y ya sabemos que esto implica un consumo equivalente de tierra cultivable y de todos los inputs correspondientes. El problema se agrava considerablemente.

Ganadería intensiva.

¿Cuál es la tercera de las fracturas metabólicas que usted señala?

Los metales. Los materiales de la corteza terrestre que se utilizaban en las sociedades preindustriales eran muy superficiales y significaban poca transformación: eran la piedra y el barro. A ello se añadía un bien biológico: la madera. Con esa tríada de materiales (piedra, barro y madera), el ser humano construía habitáculos y viviendas y también arcos, carruajes, etcétera. Eran materiales de proximidad: en todas partes hay tierra y barro y casi siempre hay también madera. Además, eran materiales que una vez utilizados, retornan al medio sin causar ningún impacto. Todo cambió cuando el progreso científico y técnico empezó a necesitar cada vez más metales. Comenzó a excavarse el subsuelo y comenzaron a extraerse y a utilizarse muchos más materiales; de ahí el término extractivismo, que además se hizo extensivo a otras formas de explotación: por ejemplo, la explotación de la madera, que hasta la época industrial era relativamente moderada y estaba vinculada a la regeneración de los bosques de proximidad. Actualmente se habla de minería forestal, porque la extracción de madera, sobre todo en los grandes bosques tropicales y vírgenes, se ha vuelto brutal, y se hace no con hachas, sino con sierras mecánicas o directamente con buldóceres. En cuanto a los metales, hoy utilizamos prácticamente todos los elementos de la tabla periódica. Antes se utilizaban el hierro, el cobre, el plomo, el mercurio para sacar oro y poca cosa más; y todos ellos en escasas cantidades. El impacto era mínimo y muy local, aunque ya contaminante; y ya había provocado reacciones de alarma en autores como el alemán Georgius Agricola, que se dedicaba a la minería y había escrito sobre ello.

La revolución industrial volvió la minería mucho más más intensiva y extensiva.

Sí, y además la expandió por el mundo entero, porque los minerales, los metales concentrados, están muy desigualmente repartidos. Y podríamos imaginar que de muchos de ellos se puede prescindir, pero hemos creado motores de coche con un cigüeñal que necesita molibdeno para resistir la torsión; y aerogeneradores que necesitan neodimio, cromo y no sé qué más para funcionar al máximo rendimiento; y millones de baterías que necesitan litio, por no hablar de la electrónica y de su uso del columbio, el tantalio, el coltán, las tierras raras…  Podríamos hacer un repaso interminable de unas técnicas que por su refinamiento, por su sofisticación, han descubierto que las propiedades mecánicas y de todo tipo de algunos metales mejoran sustancialmente el rendimiento y la productividad de todas esas máquinas tan ultramodernas. El problema es que de repente hemos descubierto que todos esos materiales pueden empezar a escasear. Ya en 1952, cuando el Gobierno norteamericano tuvo que afrontar el hecho de que la URSS tenía la bomba atómica y además una política de expansión territorial (no física, pero sí territorial), y que China había hecho otra revolución, encargó a un equipo de científicos un mapa de las disponibilidades conocidas de minerales metálicos en el mundo para no encontrarse con problemas de suministro. Bien, esto es lo que yo llamo la tercera fractura metabólica, y sumada a las otras dos, nos dibuja el panorama de una civilización extremadamente potente en sus resultados, extremadamente eficaz para proporcionar toda una serie de bienes y servicios antes inimaginables y comodidades nunca vistas e incorporarla a la vida cotidiana de cientos de millones de personas en el mundo desarrollado, pero que depende de un sistema de suministros que se fundamenta en unos productos finitos, lo que redunda en una enorme fragilidad, en una enorme vulnerabilidad; tanto más cuanto con la gran expansión consumista de la posguerra mundial, la demanda de todos esos productos finitos y no renovables se ha multiplicado. Esa fragilidad nos obliga a replantearnos muchas cosas.

¿Cómo de inminente es el previsible colapso a que nos abocamos? ¿Cuánto tiempo tenemos para reconducirnos?

Es muy difícil de decir, porque dependerá de si se toman a tiempo algunas medidas. Tendrá mucho que ver con el pico del petróleo y los combustibles fósiles, al que yo doy una importancia muy grande en el libro. La energía es lo que mueve todo. Por encima de la crisis de los metales y de la agrícola está la de la energía. Si de repente falla el suministro de petróleo, fallará todo lo demás, porque resulta que el petróleo está en todas partes: mueve tractores, camiones y buques de carga; fabrica plaguicidas, herbicidas y fertilizantes químico-minerales… En el libro aludo al caso de Cuba, que es seguramente el único que nos permite ver claramente qué sucede cuando una sociedad moderna muy dependiente del petróleo para su actividad multifacética pierde ese suministro y se enfrenta a una escasez súbita de combustibles fósiles. En Cuba, eso sucedió en el llamado Período Especial, cuando cayó la Unión Soviética y la isla dejó de importar petróleo soviético, siendo además que ya tenía que importar la mitad de sus alimentos porque había conservado su especialización en la caña de azúcar. Emilio Santiago hizo su tesis doctoral sobre ello con la misma intención que yo he tenido, y yo la he consultado mucho para esta obra. La conclusión es la que comentaba antes: si falla el petróleo, se colapsan todas las actividades y aspectos de la vida cotidiana. Cuba, entonces, se vio obligada a volver a practicar una agricultura orgánica, porque los agricultores no podían comprar fertilizantes químicos; tuvo que movilizar cuatrocientos mil bueyes, porque no había tractores ni piezas de recambio, etcétera.

Y fue una crisis tremenda, pero Cuba logró superarla.

Sí, y hubo estudios epidemiológicos posteriores a lo peor de esa fase que mostraron que los cubanos habían perdido en promedio unos cinco kilos de peso y pasado de consumir unas tres mil a unas dos mil doscientas kilocalorías diarias: el límite por debajo del cual estaría la desnutrición. Hubo carencia de algunos oligoelementos y demás, pero no desnutrición; nadie se murió de hambre y, aunque el Período Especial se vivió como un drama, la salud cardiovascular de los cubanos mejoró, porque pasaron a estar más cerca del óptimo dietético que cuando consumían carne de puerco y más de tres mil kilocalorías diarias. En Corea del Norte, que vivió la misma experiencia, se estima que hubo entre uno y dos millones de muertes por hambre. La diferencia es enorme y quizá el clima tenga algo que ver, pero es evidente, al menos a tenor de estos datos, que el régimen cubano era más igualitario y seguramente más democrático.

Ello nos proporciona el mensaje antifatalista de que las condiciones culturales y políticas con las que se afronte la catástrofe a la que nos avecinamos pueden dar lugar a salidas muy distintas; y que el ecosocialismo no es una quimera.

El caso cubano nos dice eso, sí. Pero también nos dice que hay que tomar medidas urgentes y masivas para reconvertir totalmente el modelo metabólico. No podemos utilizar alegremente molibdeno, iridio o neodimio y ni siquiera podemos plantearnos el paso a las renovables de la manera ilusa en que se había planteado hasta ahora.

El mismo ritmo de vida con otra energía.

Exacto. La mayoría de la gente piensa que se puede practicar el actual consumo de energía con renovables, y los estudios de los que disponemos nos dicen que no es así. Uno de ellos es del equipo de Antonio García-Olivares y Antonio Turiel y muestra que si se siguen haciendo aerogeneradores con los materiales que hoy se usan no se puede dar abasto. Es prácticamente seguro que tenemos que vivir con mucha menos energía; que tenemos que revertir el crecimiento.

Decrecer.

Decrecer, sí. El capitalismo entrará inevitablemente en crisis. Es un sistema que no se aguanta; que no puede crecer más, y eso nos va a conducir a una fase de economía estacionaria, o como se quiera llamar, que no necesariamente va a ser socialista. Yo critico el modelo marxista de la secuencia de modos de producción por ilusoria. El pensamiento marxista no es ecológico; es más evolucionista que ecológico, y sigue pensando en términos de modos de producción que se suceden. Pero que se hunda el capitalismo por falta de crecimiento no quiere decir que lo que venga detrás sea el socialismo: puede ser cualquier cosa; cualquier barbaridad.

El ecofascismo sobre el que advierten algunos.

Sí, el ecofascismo o cualquier sociedad desigual y opresiva. Yo, en el libro, señalo que hasta muy entrada la modernidad, la humanidad vivió en regímenes estacionarios en los que no había crecimiento y que muchas veces estaban regidos por oligarquías brutales. La alternativa es una alternativa abierta, y no podemos mirarla en términos deterministas. Yo, en el libro, procuro lanzar mensajes esperanzadores, fundamentándolos además en experiencias verificables. Cito por ejemplo a Lester Brown, a quien también le gusta acudir a experiencias históricas, y que señalaba como precedente de la transformación radical que tenemos que abordar lo que sucedió en Estados Unidos en el año cuarenta y uno, cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor y los estadounidenses, que estaban discutiendo si entrar o no entrar en la guerra, se sintieron obligados a hacerlo. En apenas unos meses, Estados Unidos transformó radicalmente su economía: los obreros que estaban en las fábricas, la inmensa mayoría de ellos jóvenes, tuvieron que ir al frente y pasaron a ser sustituidos por mujeres; y en lugar de fabricar coches pasaron a fabricar tanques; en lugar de aviones civiles, aviones militares; y en lugar de navíos civiles, navíos militares.

Si se quiere, se puede.

Exacto: es una cuestión de voluntad política, igual que lo del Período Especial de Cuba, donde por cierto algunos sociólogos, como por ejemplo Reinaldo Funes-Monzote, han hecho incluso modelos de simulación para calcular cuánta gente tendría que pasar a vivir al campo. Funes-Monzote plantea que un país de once millones de habitantes como es Cuba necesitaría un traslado de cuatro millones de personas de la ciudad al campo, la mitad como mano de obra agrícola y la otra mitad como trabajadores de servicios e industrias para servir a esa población neorrural. Eso nos habla de la magnitud de la transformación que tendremos que acometer cuando abordemos la transición energética a las renovables, que es una transición que tendremos que vivir sí o sí, porque los fósiles y el uranio se agotarán inevitablemente, y además ni siquiera nos conviene agotarlas, debido al cambio climático.

La cuestión es que Estados Unidos y Cuba abordaron esas transformaciones puntuales obligados por amenazas y cambios bruscos y que eran evidentes para todo el mundo: una guerra en el caso estadounidense y una interrupción abrupta de un suministro que se recibía en el cubano. La catástrofe planetaria que se avecina, además de mucho más vasta, es también más difusa y será más progresiva.

Ése es el problema, sí. La gente no lo ve. Nadie lo ve. ¿Quién lo ve? Los seres humanos no somos lo suficientemente racionales para prever y actuar en función de esas predicciones; y seguramente tendremos que experimentar muchos golpes y catástrofes para aprender. Yo, en el libro, hablo del aprendizaje por shock y de las catástrofes pedagógicas. El avance hacia la sostenibilidad será en el mejor de los casos un avance a golpes, con muchas diferencias de unos países a otros y muchos conflictos externos e internos en un mundo que además no será básicamente cooperativo sino competitivo.

Se generarán guerras, golpes de Estado, flujos migratorios vastísimos…

Sí. Yo planteo la transición energética como una cuestión de treinta años y en la que una salida democrática será cuestión de poner en marcha unos programas dirigidos desde los gobiernos y con mucha implicación de la sociedad civil. Las técnicas de energía actuales permiten un modelo de distribución más democrático que el que hemos tenido hasta ahora; con implicación de mucha más gente. Y que se lograra implicar a millones de personas efectivamente en eso sería un factor pedagógico impresionante, porque no es lo mismo que unos grupos ecologistas que hacen experiencias aquí y allá te cuenten lo que pasa que sentir de pronto que esto de la energía va en serio y que te tienes que implicar. Yo veo aquí un potencial pedagógico y de implicación política que puede dar lugar, si no a una revolución democrática, al menos sí a un cambio que permita desbloquear la situación. Mi planteamiento en el libro es ése. Claro está, también está punteado de múltiples advertencias pesimistas y suposiciones de que todo esto es muy imrpbable.

Como Gramsci, usted es optimista de la voluntad pero pesimista de la razón.

Sí, sí, por supuesto.

Al menos, no debemos acometer la transformación en pocos meses, como los estadounidenses, sino que tenemos más tiempo. Pero debemos empezar ya.

Exacto. No tenemos mucho tiempo. Hay tres factores de crisis que pueden ser inminentes. En primer lugar, el cambio climático, que está yendo mucho peor de lo que se podía pensar hace diez o veinte años. La gente ya lo está viendo, porque están pasando cosas muy gordas que no habían pasado nunca y ya sale hasta en los noticiarios. En segundo lugar está la próxima crisis financiera que va a venir con toda seguridad: como no se ha puesto remedio al desorden financiero, ya muchos observadores dicen que la cuestión no es si esa crisis vendrá, sino cuándo. Esa segunda crisis financiera caerá sobre una población más empobrecida y por lo tanto más vulnerable; lo pasarán peor. Y en tercer lugar está la crisis energética, que tampoco sabemos cuándo vendrá, pero será mucho antes de que empiece a escasear el petróleo. Nadie imaginaba que Trump pudiera ganar las elecciones, pero detrás de él hay unos grupos enloquecidos de capitalistas americanos entre los cuales hay fundamentalistas cristianos que están a partir un piñón con los fundamentalistas judíos, y que pueden lanzar un ataque nuclear contra Irán en cualquier momento. Si ha ganado Trump, esto también puede pasar; no es nada improbable. Y si atacan nuclearmente Irán, el golfo Pérsico se cierra, y por él pasa el veinticinco por ciento de todo el crudo que se comercializa en el mundo. Si eso sucede, se generará una crisis especulativa de cojones y todos los gobiernos poderosos, empezando por el de Estados Unidos, enviarán a sus tropas a ocupar determinadas fuentes de energía y pozos de petróleo. El principal candidato en este caso sería Venezuela, porque está más cerca y además de paso te cargas el bolivarianismo. Ante eso, los operadores y las refinerías, las grandes petroleras mundiales, empezarán a especular. De repente, nos podemos encontrar o con que la gasolina se ha puesto a diez euros, o con que no la haya en las gasolineras. Y si eso sucede, empezarán a quebrar los transportistas y a fallar los suministros a las ciudades; los campesinos a estar con el agua al cuello y los pescadores a quejarse. Es decir, esto puede ser una crisis de narices; y puede ser extremadamente pedagógica, pero extremadamente peligrosa también. Yo me imagino ya al Ejército poniendo todos sus vehículos en marcha para aprovisionar todas las grandes ciudades.

Lo deseable sería una catástrofe suficientemente grande como para meterle el suficiente miedo a la gente pero no lo suficientemente grande para que sea verdaderamente dramática y sangrienta, ¿no es así? Como una especie de vacuna que incoule parte del mal en el organismo social para generar los correspondientes anticuerpos.

Sí, sí.

Antonio Turiel hablaba hace poco en su blogThe Oil Crash, sobre las «buenas noticias» que traería aparejada la crisis energética: se limitará el cambio climático; se reducirá la presión sobre los ecosistemas; no se perderán los empleos amenazados por la robotización; se anulará la llamada singularidad, es decir, el momento a partir del cual la inteligencia artificial será capaz de automejorarse de manera exponencial, superando a toda la capacidad intelectual humana y pasando de manera natural a tomar el control del planeta… Lo ideal, en realidad, es que el pico petrolero llegue cuanto antes, ¿no es así?

Bueno, el pico ha llegado ya. Llegó en 2006. La cuestión es que el fracking, siendo económicamente ruinoso para las compañías, sin embargo está permitiendo —y es una apuesta política de Estados Unidos— seguir adelante unos años más por un camino que no tiene salida, incluso al precio de la ruina de unos cuantos inversores y ahorradores que meten ahí un dinero que no van a recuperar. Sigue habiendo gasolina en los surtidores. Pero la energía neta disponible para la sociedad está cayendo ya. Es muy difícil de cuantificar, y hay un gran debate técnico sobre eso, pero está cayendo, porque la rentabilidad del fracking es muy baja. Además, nos engañan con las estadísticas de la energía, porque no es lo mismo mil barriles producidos hace treinta años que mil barriles producidos ahora. Para obtener mil barriles, donde antes se necesitaba veinte, ahora se necesita doscientos. Todos hemos visto en películas cuando en Texas, en los años diez y veinte del siglo pasado, el petróleo salía al primer picotazo que se daba en la tierra. Ahora hay que extraerlo, y cuando tienes que meter la bomba para extraer, ya estás gastando energía, por lo que la energía neta disminuye. En el golfo de México se estaba perforando a dos mil metros de profundidad marina cuando sucedió la famosa catástrofe; y luego más metros todavía para abajo, claro. Todo eso encarece. Además, el petróleo va siendo de peor calidad, y refinarlo es más complejo y más caro. Por otro lado, se cuentan los barriles como si fuera todo lo mismo y diera igual el crudo de buena calidad que el bioetanol, pero un barril de bioetanol tiene algo así como el setenta por ciento de la energía que tiene un barril de gasolina. En conjunto, están engañando al personal, porque nos están haciendo creer que tenemos más energía neta de la que tenemos.

28 de octubre, bolsonaro en brasil: sintético análisis de emilio santiago muíño

[Lo tomamos de Twitter, con leves correcciones:]

“El 28-O fue un día trágico pero previsible. El ecologismo social lleva décadas analizando que los Trumps y los Bolsonaros estaban a las puertas. Urge clarificar el terreno del juego político del siglo XXI. Resumo algunas ideas que publiqué en el libro Petróleo.

El sobrepasamiento en el año 2006 del pico del petróleo convencional (dato de la AIE), el de alta rentabilitad energética, funciona como un fondo de verdad que hace que las problemáticas sociales de los últimos años perfilen sus contornos de modo mucho más nítido.

Desde entonces, aunque la producción nominal de petróleo ha seguido aumentando, la energía neta (energía real útil disponible para la sociedad) ha disminuido. En consecuencia, el crecimiento económico se ha vuelto una empresa cada vez más onerosa y que exige un sacrificio social mayor.

Por supuesto se recorta socialmente porque tras la ofensiva neoliberal los ricos están ganando por goleada la guerra de clases. Pero la crisis no es una estafa: la lucha de clases no opera dentro de una economía sana, sino en una que sufre una especie de enfermad degenerativa.

Con mirada energética (exergética/ termodinámica), el extraño empeño del capitalismo neoliberal en estropear el final de la historia pierde así su aire misterioso. Y figuras como Trump o Bolsonaro se nos revelan como realidades tenebrosas, sí, pero puestas en hora con el reloj de época con bastante precisión.

El pico del petróleo, por cierto, sólo es una de las muchas dimensiones de la extralimitación ecológica en curso: cambio climático, agotamientos de minerales, estrés hídrico, destrucción de biodiversidad… las turbulencias ecosociales del siglo XXI sólo acaban de empezar.

Ante la contracción energética del campo de juego económico y político, y la inestabilidad consecuente, se está imponiendo el “escenario 3”, de competencia regional, que ya describió hace tiempo el Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid: http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?page_id=2216

¿Qué es el Escenario 3? Desglobalización, involución democrática y repliegue nacional identitario para incentivar la competencia, y finalmente la guerra, por recursos a los que ya no podemos acceder de forma capitalista convencional (a un ritmo exponencialmente creciente).

Ante la nueva escasez estructural, se responde cerrando filas alrededor de un nosotros nacional que se prepare para responder al “no hay para todos” de modo predatorio: entre matar y empobrecerse (en términos relativos y partiendo de una abundancia enfermiza) se opta por matar.

Claves del proyecto Trump: todo lo que ya sabemos + apurar la copa de la era de los combustibles fósiles hasta las heces (negación del cambio climático, apoyo al fracking con desregulación e incluso previsible nacionalización para producir fuera de la rentabilidad de mercado).

Claves del proyecto Bolsonaro: lo mismo en versión latinoamericana, siendo la Amazonía y no el fracking su salvaje oeste ecológico.

Tras la flor de un día histórica del petróleo barato, ha regresado el asunto Hitler: lo que en el siglo XXI está en juego es el Lebensraum, el espacio vital. Y caben dos grandes respuestas: o arrebatarlo o compartirlo (lo que conlleva necesariamente hacer más pequeña tu demanda sobre él).

Entre las actuales democracias y su degeneración dextropopulista las diferencias son importantes, y hay que impedir cualquier retroceso en derechos. Pero son diferencias de grado, ya que el modo de vida del ciudadano promedio de la OCDE se sustenta en el imperialismo extractivista.

Por desgracia, el debate sobre el fascismo es todavía un debate de fronteras para adentro, que no cuestiona el carácter profundamente fascista de la arquitectura geopolítica global que sustenta los flujos de recursos que hacen posible la normalidad occidental.

Hasta que lucha por la justicia social y la lucha por un justo reparto global del espacio ecológico no sean la misma, lo cual es cualquier cosa menos fácil, la extrema derecha jugará con ventaja: su propuesta se ajustará más al marco de deseos mayoritario.

Reconstruir comunidad y esquemas de pertenencia. Crear una seguridad alternativa al caos neoliberal y a la oferta perversa de orden de la extrema derecha. Sí. Pero no ganaremos sin una revolución antropológica que rompa con la felicidad de consumo y sus expectativas inviables.

Karl Polanyi afirmaba que la diferencia entre fascismo y socialismo no era económica, sino moral y religiosa: el socialismo apuesta por la libertad en estas sociedades industriales complejas y bajo un postulado de unicidad –y por tanto de igualdad- de toda la humanidad.

Marx es también una parada obligatoria para entender la crisis ecológica. No sólo por su gestión de clase, sino también por que la sociedad capitalista posee “estructuralidad económica”. Y sin eso no se entiende nuestro empeño autodestructivo en lo ecológico.

Pero Marx solo no basta, porque (entro otros fallos) asumió una hipótesis de abundancia material ecológicamente refutada. En este artículo intento decirlo mejor:  También en el libro Ecosocialismo descalzo con Jorge Riechmann, Carmen Madorrán y Adrián Almazán.

Por eso la tarea es dual y simultánea. Por un lado la autodefensa de la sociedad frente al mercado: redistribuir riqueza y asegurar el derecho a vidas dignas. Esto es lo mejor que cabe esperar de Podemos y las fuerzas del cambio en el frente institucional.

Por otro lado ganar la guerra (asimétrica) por el sentido de la vida mediante una nueva definición cultural de la riqueza mucho más austera, lenta, sencilla, local: la lujosa pobreza. Sólo así podremos garantizar libertad y seguridad para toda la humanidad en un “mundo lleno” (saturado en términos ecológicos).

Ésta es más bien una carrera de fondo para el ecologismo y el feminismo. Y más allá de los movimientos sociales, para la creatividad social difusa y no organizada políticamente: en la sociabilidad cotidiana, en la cultura, en el arte, incluso en la iniciativa empresarial.

Ellos quieren hacer sus patrias grandes de nuevo. Nosotros y nosotras, patrias generosas que cuiden. Y estas necesitan nuevos eslóganes seductores. Escuché a Jorge Riechmann una vez uno que puede funcionar: menos segundas viviendas, más años sabáticos.”

https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1057752241677967360