cambios civilizatorios: fragmento de una entrevista a pedro prieto

“(…) Cambios a una nueva civilización puede haber principalmente de dos tipos:

a) Los cambios a mejor, en algún sentido. Sucedieron con cada salto de la Humanidad: el fuego, la rueda, la tubería para regadío, el alfabeto, etc. Y no hablemos del desarrollo de las energías fósiles que dio lugar al arranque impetuoso de la sociedad industrial primero y tecnológica después. Nuestra cultura actual lleva 150 años vendiendo esto como progreso deseable y ventajoso. Incluso antes tuvo etapas de saltos cualitativos importantes: renacimientos, descubrimientos de nuevos continentes que explotar a grandes distancias, etc. Pero incluso todo este progreso no se hace sin costes. El coste de la sociedad industrial ha sido principalmente el de obtener más esperanza de vida para el individuo, para algunos individuos, a cambio de una devastadora actuación en la naturaleza que puede acabar con la especie, con todas las especies. No hay luces sin sombras.

b) El otro cambio a una nueva civilización se ha dado también muchas veces, con solo hacer algo de memoria histórica: desde el abandono de Babilonia y su torre gigantesca por colapso civilizatorio, al alcanzar aproximadamente el millón de habitantes, lo que obligó a una dispersión de aquel incipiente y brillante (para la época) avance humano urbano, de vuelta a una civilización agrícola y cazadora-recolectora de más bajo nivel. Ni aquello fue posiblemente deseable para muchos, ni fue tampoco el fin del mundo y seguramente tuvo aspectos positivos de nuevo modelo civilizatorio (vuelta en parte a lo viejo y más sustentable). Cambios civilizatorios que hayan ido hacia atrás (considerando “hacia atrás” lo que está sociedad moderna entiende, en su mentalidad marcusiana de hombre unidimensional, de exclusivo progreso unidireccional y tecnológico), ha habido casi tantos como civilizaciones que han surgido y han caído. Hasta ahora nunca se ha acabado el mundo y todos estos colapsos tuvieron partos dolorosos e inesperados, por no programados ni deseados: mayas, incas, aztecas, pascuenses, griegos, romanos, cartagineses, hunos, árabes, españoles, portugueses, franceses (Liberté, egalité fraternité) y así hasta el imperio tan fuerte como ya decadente de los Estados Unidos. Las caídas provocaron cambios importantes de modelos de civilización; en otros casos, no tanto, pero todos supusieron fuertes revulsivos para las poblaciones, que tuvieron que buscarse nuevos acomodos. No fueron el fin del mundo, pero hoy estamos por primera vez ante un reto inédito en términos de población sobre el planeta, de consumo de recursos por habitante y total, de capacidad sin precedentes de destruir el medio con tecnología civil y también militar. Nunca el ser humano había alcanzado tal capacidad de transformación (en lo positivo y en lo negativo), como de la que hoy dispone. Toda crisis anterior fue regional, incluidas las dos guerras que pretendidamente se hicieron llamar mundiales. Hoy es finalmente crisis mundial. Hoy sí es un Non Plus Ultra: ya no hay más de dónde sacar. Hoy, el cambio de civilización tiene que ser, pues, más radical y profundo que los anteriormente vividos por nuestros antecesores. Y aunque hoy sigamos teniendo las pocas ganas que otras civilizaciones anteriores tuvieron de saltar del barco que se sabe se hunde, mientras la orquesta sigue tocando, hoy el barco es más grande que nunca y no hay costa a la vista. Hagan sus ejercicios con los chalecos, revisen sus botes salvavidas, prueben que las bengalas y los paquetes de alimentos están a bordo de los botes y sobre todo, estudien los mapas y la cartografía en busca de alternativas al naufragio que se intuye. Eso hará más posible, si lo hacen ahora, que puedan alcanzar finalmente, cuando llegue el momento, una costa en la que quizá descubran que no era tampoco el fin del mundo y en la que quizá puedan seguir bailando y tocando algún instrumento y descubran que otras formas de vida más simples no tienen por que ser tan odiosas como ahora se ven desde el puente de este arrogante Titanic. (…)”