la defensa del clima y la lógica neoliberal -un artículo de daniel tanuro (seguido de otros dos)

Cambio climático

La defensa del clima y la lógica neoliberal

Daniel Tanuro

Domingo 27 de abril de 2014

 

En un artículo anterior intenté demostrar que una política climática que busque una solución efectiva al problema del cambio climático debe basarse más en un plan de reducción radical de las emisiones que en un aumento de la proporción de fuentes renovables en el sistema energético. Ahora quisiera destacar la importancia de este principio comentando el caso concreto de la campaña“Jobs4Climate” (puestos de trabajo para el clima) de la “Coalition climat” (Coalición por el clima). Esta Coalición agrupa a 70 organizaciones del movimiento ecologista, sindical y de ayuda al desarrollo. El pasado 27 de marzo lanzó una campaña destinada a reclamar “un vasto programa de inversiones en la renovación de los edificios, los transportes públicos, el desarrollo de la red eléctrica y las energías renovables”.

Invertir, invertir, invertir…

Concretamente, la Coalición solicita que se duplique el ritmo de renovación energética de los edificios, se aceleren las inversiones en energías renovables, se despliegue la red eléctrica del futuro, se invierta urgentemente en transportes colectivos y se construyan 12.000 km de carriles bici suplementarios. Con motivo de las elecciones se ha dirigido a los partidos para que opinen sobre el tema. En su argumentario, la Coalición subraya que esas inversiones “permitirían crear alrededor de 60.000 puestos de trabajo adicionales, paliar la contaminación atmosférica, reducir nuestra dependencia con respecto a los costosos combustibles fósiles y contener los cambios climáticos.

¿“… y contener los cambios climáticos”? Alto ahí, este último argumento es inexacto: esas inversiones, como tales, no permitirían “contener los cambios climáticos”. Para ello deberían formar parte de un plan global que implementara una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero al ritmo de un 11 % anual por lo menos. Está claro que no corresponde a la Coalición elaborar ese plan, sino que debería exigir a las autoridades públicas que se hagan cargo de ello y plantear esta exigencia a todos los partidos políticos. No hacerlo es pasar por alto el problema principal.

Análisis del ciclo de vida

Durante la conferencia de prensa de presentación de la campaña, Jean-François Tamellini, secretario nacional de la Federación General del Trabajo de Bélgica (FGTB), concretó el enfoque de “Jobs4Climate” aplicado al sector de la construcción. Es un buen ejemplo que demuestra que, dada la urgencia, por desgracia ya no basta con llevar a cabo inversiones “verdes” para desarrollar una estrategia climática que merezca ese nombre. “Nuestros edificios consumen en promedio un 72 % más que la media de los países de la Unión Europea”, dijo Tamellini, “en particular porque nuestro parque inmobiliario es antiguo y porque las normas de aislamiento térmico son inadecuadas. El resultado es que hoy más de 750.000 hogares, es decir, una séptima parte de los hogares belgas, viven en condiciones de precariedad energética. Un vasto programa de renovación asociado a la construcción de nuevas viviendas sociales permitiría reforzar el poder adquisitivo de los ciudadanos, reducir las emisiones de CO2 y crear más de 60.000 puestos de trabajo. Es como matar tres pájaros de un tiro”.

Simpatizo mucho con los planteamientos de J. F. Tamellini porque defiende posiciones de izquierda, tanto en el terreno ecológico como social… Sin embargo, entre el momento en que una casa está completamente aislada y el momento en que la ausencia de emisiones de CO2 que resulte de ello haya compensado las emisiones generadas por la producción de los materiales aislantes y los trabajos de aislamiento habrá transcurrido una decena de años. Así se desprende de los estudios de “Life Cycle Analysis” (análisis del ciclo de vida, LCA). Un “vasto programa de renovación y de construcción de viviendas sociales” es sin duda una buena idea, pero en primer lugar hay que determinar quién lo asume (volveré sobre ello en la conclusión), y en segundo lugar, en sí mismo, esta inversión no respeta el “presupuesto de carbono de 2 ºC”, que exige comenzar de inmediato a reducir drásticamente las emisiones. Insisto en estas dos palabras: “de inmediato”. No dentro de diez años.

Equilibrar el “presupuesto de carbono de 2 °C”

Se puede hacer una demostración similar con respecto a las demás demandas de “Jobs4climate”. Invertir en el ferrocarril, invertir en una red eléctrica inteligente, invertir masivamente en energías renovables y en el almacenamiento de energía: todo esto es necesario, pero conviene llevar a cabo, con respecto a todas estas inversiones suplementarias, un LCA con el fin de saber cuántas emisiones suplementarias se generarán y cuántos años transcurrirán hasta que se hayan compensado. En función de la respuesta, habrá que tomar medidas complementarias para equilibrar le “presupuesto de carbono de 2 ºC”.

¿Qué medidas complementarias? No pueden consistir en más inversiones, porque eso sería desplazar el problema. Por tanto, no hay que darle más vueltas: es indispensable desinvertir, suprimir fuentes de emisión de gases de efecto invernadero, y hacerlo de inmediato. ¿Cuáles? No me veo capaz de contestar a esta pregunta de una manera precisa y cuantificada, ya que exigiría una investigación muy amplia. Digamos en términos generales que habría que prescindir de producciones inútiles o nocivas (armas, publicidad, artículos de usar y tirar, etc.) y de los transportes irracionales (en particular los que se derivan de la estrategia de maximización de los beneficios por parte de las multinacionales que reparten la producción entre sus distintos centros de explotación a escala mundial).

Según determinados autores, más del 50 % de la energía utilizada en el sistema capitalista se consume inútilmente y de manera irracional y nociva. Por tanto, es posible equilibrar el presupuesto de carbono de 2 °C sin degradar la calidad de vida (más bien mejorándola). En todo caso, una cosa es cierta: hacen falta recortes estructurales, pues las inversiones y los cambios de comportamiento no bastan. Y para que esos recortes estructurales no generen paro y miseria, solo hay una salida posible: repartir el trabajo disponible sin disminución del salario y con contratación nueva proporcional.

No están a la altura de las ambiciones

Entendámonos: en términos generales, está claro que es mejor que los sindicatos y las asociaciones de defensa del medio ambiente reivindiquen inversiones verdes y no inversiones sucias… Si solo se tratara de eso, yo no estaría tan preocupado. El problema es que las ambiciones de la Coalición apuntan mucho, mucho más arriba: pretende “influir en los procesos políticos” en 2014-2015 para “revisar la arquitectura y el grado de ambición de las políticas climáticas” porque estas “requieren urgentemente un cambio de tendencia” a fin de “evitar el ‘hundimiento climático’”.

Así que es preciso evaluar la campaña “Jobs4Climate” a la luz de este propósito. Y desde este punto de vista, las cuentas no cuadran ni por encanto. No cuadran porque la Coalición por el clima, contrariamente a lo que sugiere la expresión “cambio de tendencia”, sigue enteramente la lógica de la política climática neoliberal. Recordemos que los economistas neoliberales quieren creer que sería posible salvar el clima sin poner en entredicho la dinámica de acumulación de capital. Basta con “internalizar las externalidades”, como dicen, o sea, con calcular el coste del calentamiento global y hacérselo pagar a los agentes económicos. Entonces, estos reorientarán sus inversiones y su consumo a favor de la economía verde… y ¡alehop!, asunto resuelto: el capitalismo se habría vuelto ecológicamente sostenible. Los adeptos de esta escuela van todavía más lejos: según ellos, la salvación del clima es una operación triplemente beneficiosa: para el medio ambiente, para la sociedad y para “nuestra economía”.

“Un cambio revolucionario”

Ya he demostrado en otro lugar que esto no puede funcionar y, en efecto, no funciona. Hace ya más de 20 años que no funciona. Como dijo recientemente el profesor Kevin Anderson en relación con los dispositivos creados desde la Cumbre de la Tierra de 1992: “Hoy, después de dos décadas de engaños y mentiras, lo que queda del presupuesto de carbono para no rebasar los 2°C de aumento de la temperatura global exige un cambio revolucionario en el plano de la hegemonía política y económica.

Cada vez más científicos están de acuerdo con esta conclusión pero, por desgracia, la Coalición por el clima sigue buscando su inspiración en los laboratorios de ideas del neoliberalismo. Incluso los cita: la Oficina del Plan, el Consejo Central de Economía, la Agencia Internacional de Energía, la Comisión Europea… Según la Coalición, estos organismos “muestran que los procesos de transición son los que más nos interesan de cara al desarrollo económico”, pues reducen la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles, mejoran la balanza de pagos, reducen la contaminación y permiten crear puestos de trabajo. Sin embargo, ¿qué significa “nuestro desarrollo económico”? ¿A quién “interesan” esos procesos? Y ¿de qué “transición” se trata? ¿Una transición hacia dónde, basada en qué criterio: el de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero o el del crecimiento (del mercado) de las energías renovables?

En el caso de Bélgica, la cifra de 60.000 nuevos puestos de trabajo es a todas luces la que seduce a las organizaciones sindicales. Sin embargo, ese dato no ha caído del cielo, sino que se desprende del estudio de la Oficina del Plan sobre la viabilidad del abandono de los combustibles fósiles en Bélgica a partir de 2050. Cuando el director del Tyndall Center on Climate Change Researchreclama “un cambio revolucionario en el plano de la hegemonía política y económica”, el Plan calcula que el abandono de las energías fósiles es posible “sin cambiar el paradigma económico actual”, es decir, el neoliberalismo, el beneficio y el crecimiento. La contradicción entre las dos afirmaciones nos remite precisamente a la cuestión del “motor” de todo esto: para Anderson es la reducción de las emisiones, para el Plan es el aumento del porcentaje de las renovables. Para que quede todo claro, veamos cómo se concreta el proyecto “triplemente beneficioso” de la Oficina del Plan, tanto en el plano medioambiental como en el socioeconómico.

¿Tres pájaros de un tiro?

En el plano medioambiental, los técnicos del Plan no ocultan que su labor no tiene por objeto evitar el “crash climático”. Es cierto que en la medida en que Bélgica deje de quemar combustibles fósiles de 2050 en adelante, a partir de esa fecha no habrá más emisiones… Sin embargo, repito que es de inmediato, ahora mismo, que hace falta reducir las emisiones de una manera drástica. Ahora bien, de aquí a 2050, la única obligación climática prevista en el Plan es el objetivo europeo de un 20 % de reducción en 2020: totalmente insuficiente. Con eso seguro que nos estrellamos contra el muro.

He escrito que “en la medida en que Bélgica deje de quemar combustibles fósiles de 2050 en adelante”. ¿Por qué esta reserva? Porque el estudio de la Oficina del Plan no excluye las compras de derechos de contaminación (créditos de carbono generados por el Mecanismo de Desarrollo Limpio) y no contabiliza las “emisiones grises” (es decir, las derivadas de la importación de biomasa, de otras mercancías y de electricidad, producidas o transportadas a base de energía fósil). Decir que el Plan demuestra la posibilidad de una Bélgica “100 % renovables” a partir de 2050 es por tanto contrario a la verdad…

En el plano socioeconómico, el precio que habrá que pagar por la propuesta del Plan sería un fuerte aumento del precio de la energía, la transferencia de las “cargas del trabajo” (en realidad, el salario socializado) a la fiscalidad indirecta y una ampliación sin precedentes de la flexibilidad laboral. En particular, para que el almacenamiento de la energía no resulte demasiado caro, las empresas grandes consumidoras de electricidad deberían trabajar durante el verano (cuando más luce el sol) y cerrar en invierno. Esta medida solo se justifica por el imperativo capitalista de la competitividad. Esto afectaría a más de cien mil trabajadores y trabajadoras, que deberían cargar con las consecuencias … ¿Dónde está al carácter “triplemente beneficioso” del Plan?

Una ocasión desperdiciada

La Coalición por el clima no asume explícitamente, por supuesto, este aspecto de los “escenarios de transición más interesantes para nuestro desarrollo económico”. No aboga por que la gente trabaje en verano y tome sus vacaciones en invierno, no. Tampoco aboga explícitamente por financiar las inversiones reclamadas mediante la “reducción de las cargas sociales”. Sin embargo, no contesta más que con vagas fórmulas sobre el “esfuerzo equitativamente repartido” a la pregunta de “¿quién va a pagar las inversiones?”. No plantea ninguna reivindicación que se salga del marco neoliberal del mercado libre ni propone instrumentos que las orienten: las primas, las normas, los mecanismos fiscales, etc.

Para retomar el ejemplo del sector de la construcción, está claro que un programa ambicioso de renovación energética del conjunto del parque inmobiliario requiere un plan público ejecutado por empresas públicas bajo el control de los colectivos de habitantes. Es el único medio de asegurar que el trabajo se lleve a cabo lo más rápidamente posible, en función de la eficiencia energética global e independientemente de la demanda solvente de los hogares y del beneficio de los empresarios. La FGTB valona ha adoptado esta posición, pero no así la Coalición por el clima, que no reclama más que mejorar simplemente los mecanismos de apoyo a los hogares que decidan aislar su vivienda… Pura lógica neoliberal.

En nombre de la FGTB, Jean-François Tamellini concluyó su intervención en la conferencia de prensa del 27 de marzo diciendo que “la solución deberá abordar inevitablemente el problema en su raíz, permitiéndonos salir de un sistema en que el beneficio dicta sus leyes y considera al ser humano y al medio ambiente como simples variables de ajuste”. Es de sentido común: como decía Einstein, “no se resuelve un problema con la mentalidad que lo ha provocado”. Si estas palabras claras hubieran tenido eco en los demás componentes de la Coalición, “Jobs4Climate” podría haber sido otra cosa que el enésimo ejercicio de autointoxicación sobre la posibilidad de “ecologizar” el capitalismo mediante una “transición justa”. Por desgracia, este no es el caso.

14/04/2014

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Y añadimos aquí dos artículos anteriores de Tanuro, de la misma fuente.

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Cambio climático

Informe del GIEC: diagnóstico muy grave, soluciones inútiles

Daniel Tanuro

Martes 8 de abril de 2014

El Grupo Intergubernamental de expertos sobre el Cambio Climático (GIEC) acaba de publicar la segunda parte de su quinto informe de evaluación sobre los efectos del calentamiento global y la adaptación. En él se ve claramente que la situación es gravísima, pero las soluciones que plantea no están ni de lejos a la altura de las circunstancias. En su artículo 2, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CCNUCC, Río 1992) establecía el objetivo de impedir “interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático”. La conferencia de Cancún (2010) concretaba un poco la cuestión decidiendo que había que evitar un calentamiento superior a 2°C. El nuevo informe del GIEC trata de precisar más los peligros.

Ocho riesgos clave

Para ello, los expertos identifican una serie de “riesgos clave”, que son “ riesgos […] considerados clave en función del grave peligro y/o de la gran vulnerabilidad de las sociedades y los sistemas expuestos a los mismos. La identificación de los riesgos clave se ha basado en un informe pericial que utiliza los siguientes criterios específicos: gran amplitud, alta probabilidad o irreversibilidad de los impactos; calendario de los impactos; vulnerabilidad o exposición permanente que contribuye al riesgo, o posibilidad limitada de reducir el riesgo mediante la adaptación o la mitigación.

De este modo se han identificado ocho riesgos clave: (1) peligro de muerte, de lesiones, de problemas de salud o de desaparición de los medios de sustento en las zonas costeras y los pequeños Estados insulares debido a tempestades, inundaciones y elevación del nivel del mar; (2) riesgos graves para la salud y de desaparición de los medios de sustento para amplios grupos urbanos a causa de inundaciones en el interior; (3) riesgos sistémicos debidos a fenómenos meteorológicos extremos que provoquen la desaparición de infraestructuras en red y de servicios vitales como el suministro de electricidad, la distribución de agua y los servicios de sanidad y de emergencia; (4) riesgo de mortandad y enfermedad durante los periodos de calor extremo, particularmente para las poblaciones urbanas vulnerables y para las que trabajan al aire libre en zonas urbanas y rurales; (5) riesgo de inseguridad alimentaria y de desaparición de los sistemas alimentarios, particularmente para las poblaciones más pobres en las zonas urbanas y rurales; (6) riesgo de pérdida de los recursos y de los ingresos en las zonas rurales por falta de acceso a agua potable y a agua de riego, así como debido a la disminución de la productividad agraria, especialmente para los campesinos y ganaderos que disponen de un capital mínimo en las regiones semiáridas; (7) riesgo de pérdida de ecosistemas marinos y costeros y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos costeros, sobre todo para las comunidades de pescadores en los trópicos y en el Ártico; (8) riesgo de pérdida de ecosistemas terrestres y acuáticos y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos.

Podemos imaginar los dramas que se esconden tras esta sobria exposición, un verdadero inventario de desastres. Basta recordar las imágenes difundidas cuando Nueva Orleans quedó devastada por el huracán Katrina (2005), cuando Pakistán sufrió graves inundaciones debido a unos monzones que se salían de lo normal (2010), cuando Etiopía padeció la peor de las sequías (2011), cuando el Estado de Colorado fue pasto de las llamas debido a numerosos incendios forestales (2012) o cuando el tifón Hayan acabó con todo lo que se encontró a su paso por Filipinas (2013)… En suma, el informe del GIEC nos viene a decir –con un alto grado de certeza– que si sigue el calentamiento del planeta habrá cada vez más catástrofes de este tipo, que serán a la vez más fuertes y más frecuentes.

Posible diluvio

Los ocho riesgos clave se combinan entre ellos para definir cinco “motivos de preocupación”: (1) las “amenazas para sistemas únicos” como los arrecifes coralinos, que corren un riesgo muy alto si se añaden otros 2° suplementarios; (2) los “fenómenos meteorológicos extremos”, de alto riesgo por encima de 1°C suplementario; (3) la “distribución desigual de los impactos” (es decir: los pobres pagan la factura del calentamiento provocado por los ricos), de alto riesgo por encima de 2°C suplementarios; (4) los “impactos globales agregados” (es decir: el hecho de que los destrozos causados en los ecosistemas y en los países pobres empiecen a afectar negativamente a la economía mundial), de alto riesgo con unos 3°C suplementarios; (5) los “fenómenos singulares a gran escala”, que suponen cruzar un umbral decisivo (“vuelco” abrupto que provoca cambios irreversibles).

Este quinto punto se refiere en particular al riesgo de una elevación importante del nivel de los mares. A este respecto, el texto dice lo siguiente: “ El riesgo aumenta de forma desproporcionada cuando la temperatura sube de 1 a 2°C suplementarios y pasa a ser elevado por encima de los 3°C suplementarios debido a la posibilidad de una subida importante e irreversible a causa de la fusión de los hielos. Con un calentamiento sostenido superior a cierto umbral se producirá la pérdida casi completa del casquete glaciar de Groenlandia en un milenio o más, contribuyendo a una subida de 7 metros del nivel del mar .” Tras la palabra “umbral” hay una nota al pie de página que dice: “ Las estimaciones actuales indican que este umbral es más elevado que aproximadamente 1°C (confianza baja), pero más bajo que aproximadamente 4°C (confianza media) de calentamiento global sostenido por encima de los niveles preindustriales .” Atención: estamos hablando de un calentamiento con respecto al siglo XVIII, no de un calentamiento suplementario con respecto a la temperatura actual. Dado que la Tierra se ha calentado 0,7°C desde el periodo preindustrial y que medio grado adicional (por lo menos) ya es inevitable, se entiende que la afirmación de que una elevación de 7 metros del nivel de los océanos todavía se puede evitar es en realidad… poco fiable.

Es significativo que una conclusión tan importante figure en una nota al pie de página y esté redactada con un estilo tan retorcido (con dobles negaciones y señalando aumentos de temperatura medidos con respecto a dos fechas diferentes) que haya que leerla dos veces para captar su sentido. (Un sentido incompleto, por cierto, pues el “Resumen para los decisores” solo habla de Groenlandia, cuando existe una amenaza igual de grave en la Antártica occidental.) Puesto que el “Resumen para los decisores” se negocia palabra por palabra entre los autores y los representantes de los gobiernos, es posible –no sería la primera vez– que estos hayan puesto toda la carne en el asador para que no saliera a relucir la verdad. Aunque también es posible –un estudio reciente de artículos científicos sobre el clima sugiere esta explicación– que los propios autores hayan querido presentar las cosas con medias tintas, por miedo a que les acusen de “catastrofistas”… o por incapacidad de liberarse de los dogmas neoliberales.

Los puntos sobre las íes

El texto resulta tan vago en lo que respecta a las soluciones como alarmante en el plano del diagnóstico. Para evitar tanto el cambio climático irreversible y la agravación de las desigualdades, a los autores no se les ha ocurrido nada mejor que recitar de nuevo la cantinela de las medidas neoliberales: “ colaboración público-privada, préstamos, pago de los servicios ambientales, aumento de precio de los recursos naturales, impuestos y subsidios, normas y reglamentos, reparto del riesgo y mecanismos de transferencia ”.

Aplicadas desde la conferencia de Río en 1992, estas supuestas soluciones no han hecho más que agravar los riesgos medioambientales y la injusticia social. El profesor Kevin Anderson, especialista del clima de la Universidad de Manchester, ha tenido el valor y la lucidez de poner los puntos sobre las íes al declarar recientemente: “ Después de dos décadas de engaños y mentiras, el presupuesto de carbono de que todavía disponemos para no rebasar los 2°C de aumento de la temperatura requiere un cambio revolucionario en el plano de la hegemonía política y económica. ” En efecto. La carrera por el beneficio y la acumulación capitalista (ambas cosas van de la mano) nos llevan con la cabeza gacha hacia una catástrofe irreversible y de una amplitud que no podemos ni imaginar. Para reducir las emisiones y después suprimirlas totalmente urge implantar una planificación ecosocialista, que exige ante todo la expropiación de sectores de la energía y del crédito, sin indemnización ni recompra. Sin esto, la catástrofe climática hundirá a la humanidad en una barbarie ante la cual las dos guerras mundiales del siglo XX, la colonización y el nazismo parecerán simples ejercicios de aficionados.

(Este artículo está basado en el “Resumen para los decisores”, ya que el informe completo todavía no está disponible. http://ipcc-wg2.gov/AR5/images/uplo… SPM_ Approved.pdf)

2/04/2014

http://www.europe-solidaire.org/spi…

Traducción: VIENTO SUR

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Energía

El desafío de la transición energética: medidas anticapitalistas o alternativas infernales, no hay otra opción

Daniel Tanuro

Lunes 10 de febrero de 2014

El reputado científico estadounidense James Hansen se ha convertido a la energía nuclear. Junto con otros tres especialistas conocidos en materia de calentamiento global, el antiguo climatólogo jefe de la NASA ha firmado una carta abierta dirigida “A las personas que influyen en la política medioambiental pero se oponen a la energía nuclear”. El texto lo publicó íntegramente el New York Times en noviembre de 2013/1, y dice en particular lo siguiente: “ Las renovables como el viento y la solar y la biomasa desempeñarán sin duda un papel en una futura economía de la energía, pero esas fuentes energéticas no pueden desarrollarse con la rapidez suficiente para suministrar una electricidad barata y fiable a la escala requerida por la economía global. Aunque teóricamente fuera posible estabilizar el clima sin energía nuclear, en el mundo real no hay ninguna vía creíble hacia una estabilización del clima que no comporte un papel sustancial para la energía nuclear. (…) No habrá solución tecnológica milagrosa, pero ha llegado la hora de que aquellos y aquellas que se toman en serio la amenaza climática se pronuncien a favor del desarrollo y el despliegue de instalaciones de energía nuclear más seguras (…). Con el planeta que se calienta y las emisiones de dióxido de carbono que aumentan más rápidamente que nunca, no podemos permitirnos dar la espalda a cualquier tecnología que tenga el potencial de suprimir gran parte de nuestras emisiones de carbono. Han cambiado muchas cosas desde la década de 1970. Ha llegado la hora de plantear un enfoque nuevo de la energía nuclear en el siglo XXI. ” (…)

Hansen, Lovelock, Monbiot…

Este texto es típico de las “alternativas infernales” a que se enfrenta uno cuando se mantiene dentro del marco capitalista. No cabe dudar de las motivaciones de James Hansen y de sus colegas: su inquietud ante el grave peligro de cambio climático no es fingida y se basa en un conocimiento científico profundo. Hansen, en particular, es conocido por haber hecho sonar la alarma ya en 1988 ante una comisión del Congreso de EE UU. Desde entonces viene repitiendo que hay que llevar a los tribunales a los patronos del sector de la energía fósil por “crímenes contra la humanidad y contra el medio ambiente”. El pasado mes de abril, Hansen incluso dejó su cargo en la NASA para dedicarse enteramente a la militancia climática. Por tanto, no es casualidad que la “carta abierta” esté dirigida especialmente a los defensores del medio ambiente…

No es la primera vez que investigadores científicos comprometidos cambian de opinión con respecto a la energía nuclear, argumentando que el átomo es un “mal menor” ante las catástrofes que traerá consigo el calentamiento planetario. Otro antiguo colaborador de la NASA, James Lovelock, el padre de la “hipótesis Gaia”, hizo lo mismo hace algunos años. Un caso un poco diferente, pero significativo, es el de George Monbiot. Este era más militante que investigador, pero sus crónicas en The Guardian eran conocidas por su rigor científico, y su conversión al átomo armó mucho ruido. Sería pedante tratar con desprecio estas tomas de postura a favor de la energía nuclear, pues habría que ver en ellas una invitación a no eludir el hecho de que la transición energética hacia un sistema “100 % renovables” constituye efectivamente un propósito que encierra dificultades inusitadas, casi siempre subestimadas incluso en publicaciones serias y de calidad.

El desafío de la transición

Algunas semanas antes de la cumbre de Copenhague sobre el clima, en 2009, dos científicos estadounidenses publicaron en Scientific American un artículo en que afirman que la economía mundial podría abandonar los combustibles fósiles en 20 o 30 años. Para ello, “bastaría” producir 3,8 millones de aerogeneradores de 5 megawatios, construir 89.000 centrales solares fotovoltaicas y termodinámicas, equipar los tejados de los edificios con paneles fotovoltaicos y disponer de 900 centrales hidroeléctricas/2… El problema de las proyecciones de este tipo es que cuando pretenden resolver el problema de la transición, en realidad lo escamotean. La cuestión, en efecto, no estriba en imaginar en abstracto un sistema energético “100 % renovables” (que evidentemente es posible), sino en trazar el camino concreto para pasar del sistema actual, basado en más del 80 % en las energías fósiles, a un sistema basado exclusivamente en el viento, el sol, la biomasa, etc.

Si se tienen en cuenta dos imperativos: en primer lugar, que las emisiones deben reducirse entre un 50 y un 85 % de aquí a 2050 (del 80 al 95 % en los países “desarrollados”) y, en segundo lugar, que esta reducción debe comenzar a más tardar en… 2015, y para que el plan de transición no sea pura ficción, los autores del artículo del Scientific American tendrían que haber contestado a la siguiente pregunta: ¿cómo producir 3,8 millones de aerogeneradores, construir 89.000 centrales solares, fabricar paneles fotovoltaicos para equipar los tejados de las casas y edificar 900 presas sin dejar de respetar los dos imperativos citado, cuando el sistema energético depende en un 80 % de los combustibles fósiles cuya combustión comporta inevitablemente la emisión de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero?/3

Producir menos

Esta pregunta no tiene 36 respuestas posibles, sino una sola: es preciso que el aumento de las emisiones que se deriven de las inversiones suplementarias requeridas para llevar a cabo la transición energética se compense (con creces) mediante una reducción suplementaria de las emisiones en otros sectores de la economía. Es cierto que una parte sustancial de este objetivo puede y debe alcanzarse a base de medidas de eficiencia energética. Sin embargo, esto no permite obviar el problema, ya que en la mayoría de los casos un aumento de la eficiencia también requiere inversiones, y por tanto necesita energía que es fósil en un 80 %, y por tanto será fuente de emisiones suplementarias que deberán compensarse entonces mediante otras reducciones, y así sucesivamente.

Cuando se examinan las proyecciones de sistemas con un 100 % de renovables, se constata que el error consistente en saltar por encima del problema concreto está muy extendido. Para mejorar la eficiencia del sistema energético, el informe Energy Revolution de Greenpeace, por ejemplo, prevé, entre otras cosas, transformar 300 millones de viviendas en casas pasivas en los países de la OCDE. Los autores calculan la reducción de emisiones correspondiente… pero no tienen en cuenta el aumento de las emisiones causado por la producción de los materiales aislantes, las ventanas de doble vidrio, los paneles solares, etc. En otras palabras, su porcentaje de reducción es bruto, no neto/4. Se mire por donde se mire el problema, siempre se llega a la misma conclusión: para respetar los imperativos de la estabilización del clima, las enormes inversiones de la transición energética deberán venir de la mano de una reducción de la demanda final de energía, sobre todo al comienzo, y por lo menos en los países “desarrollados”. ¿Qué reducción? Las Naciones Unidas avanzan la cifra del 50 % en Europa y del 75 % en EE UU/5. Es un porcentaje enorme y ahí es donde duele, pues una disminución del consumo de semejante magnitud no parece realizable sin reducir sensiblemente, y durante un periodo prolongado, la producción y el transporte de mercancías… es decir, sin cierto “decrecimiento” (en términos físicos, no en puntos del PIB).

Antagonismo

Ni que decir tiene que este decrecimiento físico es antagónico con la acumulación capitalista que, por mucho que se mida en términos de valor, es difícilmente concebible sin cierto incremento cuantitativo de materiales transformados y transportados. La “disociación” entre aumento del PIB y flujo de materiales, en efecto, solo puede ser relativa, lo que significa que en este punto se manifiesta de nuevo la incompatibilidad fundamental entre el productivismo capitalista y los límites del planeta/6. Es esta incompatibilidad cada vez más evidente la que tratan de eludir James Hansen, James Lovelock, George Monbiot y otros en nombre de la urgencia cuando reclaman el rescate de la energía nuclear. Es lamentable e indigno de su rigor científico que lo hagan banalizando los riesgos y sobre todo afirmando gratuitamente que las tecnologías “del siglo XXI” (¿cuáles?) permitirán garantizar una energía nuclear segura y el reciclaje de los residuos que genere.

En el mundo real [capitalista] no hay ninguna vía creíble hacia una estabilización del clima que no otorgue un peso sustancial a la energía nuclear”, dice la carta abierta de Hansen y demás firmantes. Esta afirmación es completamente falsa: para triplicar el peso de la energía nuclear en el consumo eléctrico de aquí a 2050 (con lo que llegaría a representar tan solo un poco más del ¡6 %!) habría que construir casi una central por semana en todo el mundo durante 40 años. Aparte de los peligros demostrados en el caso de Fukushima, nos encontraríamos entonces con un sistema eléctrico híbrido, ya que obedecería a dos lógicas opuestas: centralización y despilfarro con el átomo, descentralización y eficiencia con las renovables. No es una “vía creíble” la que proponen Hansen y sus colegas, sino una imposibilidad técnica. No conduciría más que a un callejón sin salida fatal, pues combinaría calentamiento y radiaciones.

Geoingeniería

La misma negativa a oponerse al capitalismo se traduce en el caso de otros científicos en la resignación ante los proyectos de geoingeniería. Esta incluso se menciona en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (GIECC): el resumen del primer tomo del 5º informe señala que “se han propuesto métodos con vistas a alterar deliberadamente el clima terrestre para frenar el cambio climático, la llamada geoingeniería”. Los autores señalan que estos métodos “pueden tener efectos colaterales y consecuencias a largo plazo a escala mundial”. A primera vista, esta prudencia parece razonable. Sin embargo, aunque prudente, la mención de la geoingeniería por el GIECC es sumamente inquietante. Significa que ciertas recetas de aprendiz de brujo empiezan a considerarse eventualmente factibles.

Por cierto que entre bastidores se multiplican las investigaciones y experiencias, en ocasiones incluso de forma ilegal. Bill Gates y otros inversores consagran millones de dólares a esta cuestión. Su razonamiento es muy simple: conscientes de que un capitalismo sin crecimiento es un oxímoron, concluyen que no se alcanzarán los objetivos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, y puesto que la urgencia climática impone hacer algo, sea lo que sea, sonará la hora de la geoingeniería y se abrirá un mercado inmenso. Científicos poco escrupulosos, financieros, petroleros, hombres de negocios de todo pelaje, todos se frotan las manos sin pensar en las consecuencias… a menos que las consecuencias formen parte del plan. No soy forofo de las teorías del complot, pero si pensamos en el día en que algunas grandes empresas que posean las patentes respectivas controlen la red de espejos espaciales gigantes sin la cual la temperatura de la Tierra subiría de golpe 6 °C, no cabe duda que su poder político sería inmenso, y que resultaría más difícil que nunca arrebatárselo. La misma lógica del capital le lleva a soñar con un termostato terrestre cuyo control absoluto le permitiría cobrar su diezmo a la población del planeta.

La única vía creíble

Hay que partir de lo que ha dicho en propio James Hansen en numerosas ocasiones: el principal obstáculo para salvar el clima son las grandes empresas que se benefician del sistema energético fósil. Se trata de un obstáculo colosal. Este sistema cuenta con miles de minas de carbón y centrales térmicas de carbón, más de 50.000 campos petrolíferos, 800.000 km de gasoductos y oleoductos, miles de refinerías, 300.000 km de líneas de alta tensión… Su valor se cifra entre 15.000 y 20.000 billones de dólares (casi un cuarto del PIB mundial). Ahora bien, todos esos equipamientos, financiados a crédito y concebidos para durar 30 o 40 años, deberían desguazarse y ser sustituidos en los 40 años subsiguientes, en la mayoría de los casos antes de estar amortizados. Y eso no es todo: las compañías de energías fósiles deberían renunciar además a explotar los cuatro quintos de reservas demostradas de carbón, petróleo y gas natural que figuran en el activo de sus balances…

La única “vía creíble” hacia una estabilización del clima es la que pasa por la expropiación de las compañías de energías fósiles y de las finanzas: los “criminales climáticos” justamente denunciados por Hansen. Transformar la energía y el crédito en bienes comunes es la condición necesaria para la elaboración de un plan democrático con vistas a producir menos, para cubrir las necesidades, de forma descentralizada y compartiendo más. Este plan debería comportar especialmente la supresión de las patentes en el ámbito de la energía, la lucha contra la obsolescencia programada de los productos, el fin de la primacía del automóvil, una extensión del sector público (particularmente para el aislamiento de los edificios), la reabsorción del paro mediante una reducción generalizada y drástica de la jornada laboral (sin merma del salario), la supresión de las producciones inútiles y nocivas como las armas (con recolocación de los trabajadores), la localización de la producción y la sustitución de la agroindustria globalizada por una agricultura campesina de proximidad. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero lo primero que hay que hacer es decirlo. E impulsar las movilizaciones sociales masivas indispensables parta hacer de esta utopía una utopía concreta.

15/1/2014

Traducción: VIENTO SUR

Notas:

1/ http://dotearth.blogs.nytimes.com/2… influencing-environmental-policy-but-opposed-to-nuclear-power/

2/ “A plan to power 100% of the Planet with renewables”, Mark Z. Jacobson and Mark A. Delucchi, Scientific American, 26 de octubre de 2009 | 188.

3/ Aquí no nos pronunciamos sobre la pertinencia del plan en cuestión en sus distintos aspectos. Además, esta enumeración de las inversiones necesarias es incompleta. Como señalan los autores, además de los millones de aerogeneradores, etc. se trata de concebir un nuevo sistema de transmisión sustituyendo unos 300.000 km de líneas eléctricas de alta tensión por una red “inteligente” adaptada a la intermitencia de las energías renovables.

4/ Energy Revolution, A Sustainable World Energy Outlook. Greenpeace, GWEC, EREC, 2012.

5/ Naciones Unidas, Estudio Económico y Social Mundial 2011.

 

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